Poquito porque es bendito

8 jul

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Actualmente, los términos fusión, ecléctico y gourmet son utilizados con frecuencia para describir las nuevas propuestas gastronómicas de la ciudad. A su vez, la lista de restaurantes de cocina mediterránea e internacional es cada vez más larga. Atrás quedaron los días de las tascas adornadas con piernas de jamón serrano. La decoración de los nuevos locales apunta a un estilo moderno y vanguardista, caracterizada por su simplicidad y sencillez.

Tampoco encaja dentro de estas nuevas tendencias, aquella sensación de complicidad con Javier, Antonio, Ulises o Vittorio –los mesoneros- y, en consecuencia, tampoco son entendidas frases como “tráeme lo de siempre”. Hoy en día, la elegancia se confunde con distancia, y la poca experiencia de muchos mesoneros nos hace añorar los tiempos de Javier, Antonio, Ulises y Vittorio –para los que tienen problemas de memoria a corto plazo, estos son los mesoneros-

Sin embargo, la innovación y creatividad presentes en la mayoría de estas propuestas, han abierto un abanico de posibilidades para aquellos que disfrutan el placer de comer. Los platos que combinan sabores dulces y salados se ponen de moda, y no me extrañaría llegar un día a Los Hermanos Riviera y comerme un pollo en brasa en “una espectacular salsa de chocolate” o “una deliciosa salsa espesa de papelón”.

Ahora bien, hay varias características de estos nuevos recintos gastronómicos que no termino de entender. Muchas veces, pensando en la gente que frecuenta estos sitios, me repito una y otra vez con cara de reproche “esta gente sabe algo que yo no sé”. En un intento por volver a conciliar el sueño, comencé a buscar en Internet los términos culinarios en boga, con la esperanza de comprender lo incomprensible.

Después de revisar diversas fuentes de información como libros, revistas, periódicos, folletos, videos, series de televisión, infografías, banco de imágenes, comprobantes de depósitos bancarios, servilletas abandonadas y rollos de papel toilette, lo cierto es que aún no consigo las palabras “pequeño”, ”reducido” o “escaso” en ninguna de las definiciones que encontré.

Todavía mi duda se mantiene intacta y he concluido que no hay tal cosa como “esa gente que sabe algo que yo no sé” sino tres grupos claramente definidos: “esa gente que tiene algo que yo no tengo: un estómago de dimensiones reducidas”, “esa gente que se las trata de tirar de exótica” y “esa gente que está a dieta”.

Si hay dos cosas que me caracterizan, esas son: el hoyo negro ubicado al final de mi estómago y la sinceridad al momento de comer. Por ende, si tuviera que ubicarme en uno de los tres grupos que mencioné en el párrafo anterior, éste sería el tercero –el de los locotes que hacen dieta-. Sin embargo, cuando voy a comer a un restaurante, la dieta se queda en casa descansando del trajín de la semana.

Libre del yugo de las restricciones alimenticias, la felicidad se desvanece en un santiamén, al darme cuenta de que he quedado despojada de cualquier atributo que me permita asistir a tan renombrados locales de comida. Por esta razón, las veces que he ido a este tipo de restaurantes ha sido gracias a mi disfraz “yo si soy exótica, ¿y qué?” –no tienen idea de lo convincente que puedo llegar a ser- y a la repetición del mantra sagrado “siempre habrá una arepa de pernil con reina pepeada que llene los espacios vacíos”.

Disfrazada y repitiendo el mantra, me fui al piso 5 del Centro Comercial El Tolón. La mezcla de aromas que invade cada rincón de este santuario gastronómico es deliciosa. Es por ello que les recomiendo conservar la calma, dar una vuelta de reconocimiento, observar con detenimiento la carta de cada uno de los restaurantes y después tomar una decisión. El hambre y la falta de determinación pueden sentarte en la mesa de un restaurante, que no sabes ni cómo se llama ni cuál es su especialidad.

Ese día dimos varias vueltas de reconocimiento, nos aprendimos al caletre el menú de todos los locales e hicimos versos con cada uno de sus nombres. Nos llamó la atención un local situado en la terraza, su nombre: Arisa. Luego de leer el gigantesco menú que tienen en la puerta decidimos entrar.

El sitio estaba atestado de gente, por lo que nos tocó sentamos temporalmente en la barra. El ambiente, la vista y una agradable Bossa Nova de fondo me permitieron perdonar la ausencia de una mesa y disfrutar de un Cosmopolitan. Después de un rato –de esos que se cuentan en fracciones de media hora-, nos pasaron a la mesa.

Bajo la escasa luz de una vela, revisé detenidamente el menú. Destacaban el ceviche y una variedad de risottos, pastas y ensaladas. La oferta también incluía fosforera, causa limeña, pollo en salsa de coco y una selección de carnes. Nuestra orden: un centro de lomito con espárragoS y unos ñoquis de plátano.

Mientras esperábamos, trajeron lo que en cualquier otro restaurante hace las veces de “pan”: una diminuta muestra de 3 grissinis (señoritas). Por un momento sentí que estaba en uno de esos kioskos que montan en los supermercados, con la finalidad de que pruebes el producto y después lo compres. Con ganas de decirle al mesonero “si me gustaron, puede traer el resto”, comencé a pensar en el futuro de mi centro de lomito.

De reojo vi al mesonero acercarse con dos platos de enormes proporciones. Aquella vista borró momentáneamente mis temores e hizo que olvidara la arepa de pernil y el mal concepto que me había formado de este tipo de restaurantes. Sin embargo, cuando el mesonero colocó los platos sobre la mesa, la imagen de la arepa cobró fuerza nuevamente. Mi cara seguramente delató una expresión de “tú me estás jodiendo”.

En el medio de aquella planicie de cerámica blanca, alfombrada con unas finas líneas de salsa “npi”, llegó mi centro de lomito. La literalidad del plato era asombrosa, mi centro de lomito era realmente eso: el centro de un lomito, es decir, tomaron el lomito, le quitaron el centro y eso fue lo que sirvieron. El boceto venía acompañado de un espárrago -nótese la ausencia de la S al final de la palabra espárrago-, que para dar la impresión de cantidad, estaba picado en dos. Se me olvidaba, el espárrago venía decorado con un palito de zanahoria –que lindo detalle-.

En cuanto al plato de ñoquis, el error estuvo en no haber incluido, como parte de la cubertería, una lupa. Kilómetros de área de plato rodeaban un total de 12 mini ñoquis. Aquello era una burla, me provocaba pararme y gritar hasta quedar afónica “yo no vine aquí a comer plato”. Sentí que al pagar la cuenta, no estaba pagando por la comida sino por el alquiler de los utensilios utilizados.

Después de esta experiencia, comer en un restaurante que presuma de ser gourmet, mediterráneo, internacional o fusión, me da pánico. Queridos dueños de restaurantes, chefs ejecutivos, jefes de cocina, sous-chef, cocineros, ayudantes, marmitones, socios y familiares: es cierto que disfrutamos de nuevos sabores y combinaciones, que las decoraciones de los platos son espectaculares, que ya no está de moda el plato “camionero style” y que la creatividad que los caracteriza nos ha permitido sentirnos en el cielo con un sólo bocado.

Sin embargo, me gustaría que tomaran en consideración otras cosas que son igualmente ciertas. Primero, la gente come porque, entre otras cosas, tiene hambre. Permítanle a su distinguido invitado llevarse un recuerdo que supere la barrera de las muelas –o plancha, si no tiene muelas-. Segundo, dado que se han empeñado en servir la comida, en una especie de versión “pasapalo style”, y ya que no existe un premio para el restaurante con el plato más grande, ahórrenle al cliente la sensación de que necesita lentes de aumento. Tercero, los felicito por el esfuerzo que ponen en la decoración de cada plato, pero nuevamente, no hagan que el comensal sienta que su comida sólo sirve para tomarle fotos. Y por último, busquen a Javier, Antonio, Ulises o Vittorio.

Call of Duty: Tibidabo Operation

5 jul

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En Venezuela, muchas empresas trabajan arduamente para ofrecer un servicio digno de recordar. Las numerosas cartas al correo del pueblo, así como los buenos deseos que se envían a diario a la cuenta de twitter #PesimoServicio, así lo demuestran. Esta complicada tarea es llevada a cabo día a día en numerosos cines, bancos, supermercados, restaurantes, solo por mencionar algunos. Y ni hablar del maravilloso esfuerzo que se realiza en cualquier instancia gubernamental.

A su vez, los avances tecnológicos han permitido llevar esta experiencia a los servicios telefónicos y electrónicos. En fin, dejando a un lado las ironías, la realidad es que siempre nos quejamos de la poca (o nula) cultura de servicio que caracteriza a diversas empresas del sector.

La literatura sobre el tema y los diferentes casos de negocio, demuestran de forma contundente que la clave del éxito es ofrecer un buen servicio. A veces me pregunto si esto no es obvio, solo para responderme “mira, pareciera que no…”.

Como si los objetivos estratégicos fueran la quiebra y el incremento en el porcentaje de quejas, éstas empresas se empeñan en ofrecer un servicio paupérrimo. Una de las habilidades que han desarrollado, es hacerle sentir al cliente que la empresa le está haciendo un favor de inmensas proporciones.

Si no me creen, tomen el teléfono y llamen a cualquier Call Center. Pasados unos minutos, la sensación de que llamaron a una casa de familia a las 3 de la mañana se apoderará de ustedes, para luego dar paso a unas increíbles ganas de lanzar repetidas veces el teléfono contra el piso (no realicen este ejercicio si sufren de hipertensión o problemas cardíacos).

En los restaurantes la situación es similar, con la única diferencia de que uno tiene hambre. Esa pequeña diferencia es la que los hace merecedores de los peores improperios, insultos y mentadas de madre, por parte de cualquier comensal que haya experimentado una violación a su derecho de comer en paz –sobre todo cuando está pagando por eso-

Desde el instante en que el zapato (o la chola) entra en contacto con la zona “dentro del restaurant”, uno queda expuesto a los embates del azar y a la posibilidad de enfrentarse a una serie de adversidades. La situación se asemeja a un juego de video, en el que es necesario superar un conjunto de obstáculos para pasar al siguiente nivel.

Años de experiencia me han permitido identificar un conjunto de niveles. El primer nivel está conformado por el recibimiento, la ubicación en la mesa y la entrega del menú. Para superarlo, es necesario tener el arma “paciencia”. En efecto, sin este armamento es casi imposible llegar al final del juego.

Una vez que te entregan el menú pasas el segundo nivel. Aquí ocurren varios enfrentamientos: ordenar las bebidas (utiliza el arma “repetir 10 veces la orden” si vas a pedir algo light), recibir las bebidas (a veces es necesario intercambiar con el compañero debido a entrega de la bebida incorrecta) y ordenar la comida (usa el arma “repetir 10 veces la orden” si pides el plato con alguna variación y si te arriesgas a ordenar algo que no está en el menú, aplica el escudo “hacer que el mesonero repita la orden”).

¡Enhorabuena! Acabas de pasar al tercer nivel. El primer reto que debes superar es esperar la comida, te aconsejo que recargues y utilices el arma “paciencia”. En este punto del juego hay que ser cauteloso con el uso del poder “cara de culo”. Si no se administra bien, es posible que la comida llegue con ingredientes tóxicos adicionales. El otro reto se inicia con la entrega de la comida y es posible que necesites usar la acción “devolver esta porquería”, en cuyo caso pasa al siguiente nivel y no aceptes el ofrecimiento “volver a empezar”.

Si superaste los desafíos anteriores, ¡felicitaciones! has llegado al cuarto y último nivel: pedir la cuenta y pagar. Aquí el reto es más sencillo y sólo necesitas dos armas. Si supiste administrar bien “paciencia” esto es pan comido. En caso contrario, prepárate para usar todo lo que te quedó de “cara de culo”. Es posible que te encuentres con retos adicionales, por ejemplo: errores en la cuenta. En ese caso, puedes usar acciones como “golpear” (presiona repetidas veces el botón) o “insultar” (deja el botón presionado por varios minutos).

Visto de esta forma, cada restaurant es un juego nuevo. Algunos juegos pueden ser similares a Mortal Kombat o Counter Strike, por lo que es indispensable tener todas las armas. Otros son más parecidos a The Sims y requieren el uso de armas o poderes especiales (son escasos, pero los hay). Finalmente, hay juegos de dificultad excepcional que no te permiten pasar del primer nivel.

Hace un par de meses, aburrida de los mismos videojuegos, decidí jugar “Tibidabo”. Las referencias eran muy buenas. Desesperada por pasar al tercer nivel y comerme un fideuá catalán o un delicioso lechón asado, me di cuenta que este era uno de esos juegos full complicados. Con el zapato puesto en el área “dentro del restaurant” y al mejor estilo Linda Blair en el exorcista, mi cabeza giraba en busca de alguien que me atendiera.

Después de esperar durante un rato que algún alma caritativa se acercara, concluí que el recibimiento y la ubicación en la mesa no eran parte de este juego. Armada de “paciencia” busqué una mesa. Nuevos obstáculos se avecinaban, todas las mesas desocupadas estaban sucias. Como yo soy perseverante no me importó y me senté en la primera que me pareció estaba menos sucia.

Raaaaaato más tarde y con la paciencia en rojo, se acercó el alma -no tan caritativa-, quién nos entregó el menú, tomó el pedido de bebidas y se marchó. Esto sucedió con tal rapidez que no tuve tiempo de usar ningún arma, escudo o poder. La espera fue tan prolongada que me preocupé de haberme perdido las festividades navideñas con mi familia. Frustrada y con hambre, empecé a consumir las reservas de “paciencia”. Finalmente, se agotaron todas mis armas y en la pantalla de mis pensamientos lo único que apareció fue la palabra “game over”.

Increíblemente nunca pude pasar del primer nivel… Dejando a un lado la metáfora del juego, lo que me había pasado era una muestra de ese esfuerzo espectacular que algunas empresas hacen por prestar un servicio de pésima calidad. Imposible comentarles sobre la comida, no tuve oportunidad de probarla. Quizás la próxima vez me hagan el grandísimo favor de atenderme. Ya les contaré si me provoca volver a jugar ese juego.

Teorema de las opciones limitadas

2 jul

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Sea “x = un día cualquiera”, “y = cantidad de dinero disponible” y “z = número de opciones de entretenimiento que ofrece la ciudad de Caracas”. Se ha demostrado que, para cualquier x, z es directamente proporcional a y. Es decir, cantidades mayores de dinero producen mayor número de opciones y cantidades menores de dinero producen menor número de opciones. Simple lógica matemática.

De forma similar, se ha demostrado que el segundo caso (menores cantidades de y) tiende a presentarse con mayor frecuencia que el primer caso (cantidades mayores de y). Como a mi no me gusta desentonar, he preferido ubicarme en el segundo grupo (sólo por no desentonar). Luego, aplicando el teorema anterior, mi número de opciones de entretenimiento es un poco limitado.

Estas opciones pueden contarse con los dedos de la mano de un mocho y se resumen en las siguientes actividades, ordenadas de mayor a menor por cantidad de dinero necesario para llevarla a cabo: comer en un restaurant “gourmet” o “mediterráneo”, comer en un restaurant “distinto-fuera de lo común”, tomar whisky en un local nocturno, ir al teatro, tomar vodka en un local nocturno, ir al cine (VIP), “caerse a birras” en un local nocturno, ir al cine (General), comer en un local de comida rápida, comer en calle el hambre y caminar por El Hatillo (no incluye comida ni bebida).

Cansada de realizar siempre las actividades mencionadas al final de la lista, decidí vender mi bicicleta de Spinning, los libros de la universidad, el Discman y unos dólares que me “sobraron” del último viaje. Con semejante cantidad de dinero en mano, el abanico de opciones se ampliaba.

En un intento por ser prudente, me decidí por la actividad “comer en un restaurant ‘distinto-fuera de lo común’”. Corrí a buscar la Guía Gastronómica de Caracas, sólo para darme cuenta una vez más, que no sirve para nada. Entré a todas las páginas web de gastronomía que pude encontrar. Finalmente, algo llamó mi atención y recordé vagamente que una amiga, haciendo referencia al restaurante en cuestión, había mencionado las palabras “mucha” y “sabrosa”.

Con la emoción que me caracteriza cuando “comida”, “mucha” y “sabrosa” se combinan, emprendí mi viaje, armada y peligrosa con mi estómago completamente vacío. Ese fue el primer error de una serie de errores.

Ubicado en la Avenida Neverí, Quinta Maporal, Colinas de Bello Monte, se encuentra La Asociación Cultural Siciliana. Un restaurant que, para sorpresa de muchos, sirve comida italiana. Su dirección es tan complicada como su nombre, por lo que la experiencia dejó de llamarse “almuerzo” para convertirse en “cena” y no precisamente por gusto.

El conocimiento innecesario que tengo hoy en día sobre la urbanización Bello Monte y la cara de jugador brasilero (especialmente a la de Elano), podrían haberse evitado si tan solo en la dirección hubiesen colocado “amigo comensal que no conoce Bello Monte como la palma de su mano, estamos a una cuadra de la morgue”. La casa de rejas marrones, sin nombre ni perro que le ladre, me hacía sentir que estaba a punto de entrar a un casino clandestino de chinos.

El segundo piso de la casa es el que te da una idea de que no estás en el casino. Sin embargo, la sensación no es la de “estoy en un restaurant”, ésta se acerca más a “estoy en el comedor de la casa de la nonna”. Con una decoración muy sencilla y unas pocas mesas comienza el evento. El menú es, según cuenta la leyenda, “dirigido”. Lo cierto es que, algunos ven el menú y otros no. Yo no formé parte del privilegiado grupo que vio el menú.

El mecanismo es un tanto complicado, uno no sabe muy bien ni de dónde viene ni a dónde va. A la mesa llegó muy amable la dueña de la casa-restaurant, quién nos ofreció una serie de opciones a escoger como primer plato. Pedimos una Caponatta y un Carpaccio de Lomito.

La comida estaba excelente, en particular el Carpaccio. Las lonjas de lomito no eran tan delgadas como de costumbre, lo que permitía apreciar su envidiable suavidad y calidad. A la entrada le siguió la recomendación del plato “impelable”: la sasizza, que citando a Miro Popic “es una preparación con carne de res, de cerdo, queso pecorino y peperoncino”. Mi opinión: una salchicha con un toque picantón, nada del otro mundo.

Con otra buena dosis de amabilidad nos ofrecieron el siguiente plato. La sensación de “esto es una bacanal” nos produjo dos reacciones: salivación y preocupación. La primera era consecuencia natural de los hechos, la segunda de no saber si la venta de la bici, el discman y los dólares podían sustentar económicamente tal evento.

La oferta era básicamente pasta. Primero escogías la base de la salsa (tomate o crema) y luego los ingredientes adicionales (salmón, carne, champiñones). El juego con los ingredientes y las bases no era tan libre como el viento, ya que también había una cierta dirección. Optamos por una salsa cremosa intentando imitar una carbonara. El veredicto: la dirección fue acertada y tuvimos la oportunidad de saborear un espectacular plato de pasta.

Sin ánimos de caer en el absurdo pregunté “¿y no tienes otra cosa que no sea pasta?”. Una ceja arqueada delató que puse a la amable dueña en un tres y dos. Sin embargo, como hada madrina que cumple todos tus deseos, me trajo lo que todavía recuerdo como la mejor milanesa de lomito que he probado. El diámetro de tal maravilla superaba el del plato y su divorcio del cuchillo dio paso a un espectacular solo de tenedor.

Mi estómago había comenzado a enviar sutiles mensajes de llenura al cerebro. Sin embargo, la empresa que lleva a cabo el envío de correo en mi organismo tiene muchas similitudes con Ipostel, por lo que muchos mensajes se pierden y puede que no lleguen nunca a su destino. La ineficiencia del sistema me permitió llegar al postre.

La propuesta de postres era limitada pero cumplidora. La palabra “tiramisú” hizo que mis ojos se asemejaran a los de una caricatura japonesa. A la mesa llegó un envase plástico –conocido por muchos como tupperware- repleto de tiramisú. Vale acotar que el tamaño de semejante “pote”, era similar al que se usa para llevar toda la comida de un fin de semana playero.

Después de una guerra de cucharas sobre el envase, los mensajes comenzaron a llegar en masa a las puertas del cerebro. Había llegado el momento de ponerme la gorra bordada con la palabra “satisfacción”. Pedimos la cuenta y en minutos llegó a la mesa. Mas que la cuenta, lo que nos trajeron fue una poderosa goma Nata, capaz de borrarnos esa sonrisita de placer posterior a una buena comida.

Con cara de “¿se puede saber qué rompimos?” coloqué la tarjeta de crédito. Como el sonido de una vuvuzela, las palabras de la amable señora resonaron estridentes, antipáticas y ensordecedoras: “disculpe, pero aquí sólo aceptamos efectivo”. Inmediatamente contesté “¿CÓMO ES LA VAINA?”. Juro que si hubiese tenido una mandarria, no me hubiese temblado el pulso.

Y es que, habrase visto semejante muestra de tercermundismo tan bárbara. Por los clavos de Cristo, al menos pongan un papel en la entrada para que uno no tenga que irse con el plato de pasta, que ya iba por buen camino, en la tráquea.

Corriendo con una mezcla de sentimientos de pena y furia, retiramos el dinero del cajero y regresamos a cancelar la cuenta y recoger todas las pertenencias que habíamos dejado en garantía. Quemamos todas las calorías en menos de lo que canta un gallo, que poco nos duró aquella felicidad.

Ahora, si tengo que dar un veredicto final sería este: la comida es excelente y la atención puede llegar a ser empalagosamente amable. La sensación de que estás comiendo en casa puede llegar a ser exagerada, hasta el punto de no cambiarte nunca los cubiertos. Finalmente, el lugar es extremadamente costoso para su sencillez y con un mecanismo complicado y poco claro –los precios, hasta que te llega la cuenta, son un misterio-. Por tu show 3 estrellas (3/5), aunque con posibilidades de mejorar.

En fin, salir de la rutina y tirártelas de original en esta ciudad tiene su precio, pero de vez en cuando vale la pena…

Así se celebra la independencia (o por qué tendré que comprar un Orbitrek)

1 jul

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#yoconfieso que la comida es una de mis grandes debilidades. Esto no fue así toda mi vida, de pequeña sólo comía pizza, jamón, sopa con fideos, perico –huevo revuelto con cebolla y tomate-, carne molida con arroz y costillitas chinas. En cuanto a los postres, mi selección era igual de limitada, galletas club social, reinitas y profiteroles.

Con el tiempo mis gustos fueron cambiando –creo que esto fue producto de una ingesta casi tóxica de Emulsión Scott- y a mi reducido repertorio de comidas favoritas comenzaron a sumarse varios alimentos, entre ellos la pasta, las hamburguesas, el queso, los perros calientes y las morcillas. Hasta este punto me consideraba una persona modesta y recatada con la comida.

Esta situación de equilibrio metafísico-alimentario se vio gravemente afectada cuando los astros se confabularon en mi contra y produjeron un cambio en mis papilas gustativas. ¿Cómo me di cuenta? Comer caraotas dejó de ser un sacrificio y su ingesta no requería toneladas de azúcar sino toneladas de queso blanco.

Convencida de que no podía caer más bajo, el disfrute de una ensalada de garbanzos y el deleite de unas berenjenas a la vinagreta me hicieron comprobar que este tipo de caídas pueden ser infinitas. Una vez más, la delgada línea que me separaba de los adjetivos “lima nueva” y “buen diente” se iba desvaneciendo.

Como vaticinado por Nostradamus, ese día llegó y si tuviera que ponerle título sería “Crónica de una glotonería anunciada”. Sin embargo, debo acotar que aún no me gusta el pepino ni la lechosa, es decir, todavía no he tocado fondo por lo que merezco cierto mérito.

El hecho es que, si de comida se trata, heme ahí. Y así fue, heme ahí en la Embajada Americana celebrando el 234° aniversario de la Independencia de EEUU. Ese es el tema central de este post, todo lo demás es paja por lo que puede ser obviado completamente.

A las 9 de la mañana ya estaba en la puerta de la embajada con una emoción tan grande que se me nublaba la mente. La sensación de estar ahí sin la carpeta contentiva de los seis últimos estados de cuenta de todos los bancos, fotocopia y original de papeles del carro, casa, horno microondas y KitchenAid, carta de trabajo, certificado de salud, licencia de conducir, exámenes de sangre, prueba de VIH, VPH y Hepatitis A, B y C, era una sensación tan extraña como placentera.

Una vez dentro de la embajada, el Hotel Tamanaco Intercontinental convirtió mi mañana de 2 rodajas de Pan Alemán Diabetikerbrot, 1 cucharada de ricotta y 2 lonjas de pavo ahumado en una de pavo relleno con champiñones y espinaca en salsa de arándanos, tartaletas de ajoporro y cebollín, langostinos rebozados con coco y tequeños. Todo acompañado de una excelente presentación y servicio. Mi única queja, los tequeños, y es que le tengo aversión a las cosas que chorrean aceite sin necesidad.

Mi labor como “periodista” en el evento –lo cual no soy en lo más mínimo- se limitó a hacer comentarios sobre la comida, las bolsas de cotillón de Avón, una que otra interacción con personajes interesantes y a responder preguntas como “¿qué sabes del nuevo embajador?”. Gracias a Dios todas las mañanas me leo el periódico y, en particular, ese artículo me lo leí de cabo a rabo.

Terminado el protocolo nos dijeron “bye bye, vuelvan a las cuatro de la tarde para la celebración”. A esa hora ya estaba nuevamente en la puerta de la embajada, sin carpeta de solicitud de visa y con el estómago preparado para lo que sería el evento más recordado de este año y todos los anteriores desde 1981 -año de mi hermoso nacimiento-.

Para que entiendan bien lo trascendental de todo esto hagamos un ejercicio, cierren los ojos e imaginen un espacio de unos dos mil metros cuadrados ocupados por stands de Domino’s Pizza, Outback Steakhouse, Church’s Chicken, Pizza Hut, KFC, Subway, Papa John’s, Friday’s, Häagen-Dazs, entre otros. Ahora imaginen que todos están regalando la comida como si ésta estuviera a punto de llegar a su fecha de caducidad. ¿Captaron la imagen? Bueno, yo estaba allí.

Mis ojos casi se llenaron de lágrimas al constatar que no era un sueño y sintiendo una alegría desbordada, emprendí mi recorrido por aquel camino que brindaba la mejor comida chatarra del mundo. El primer stand correspondía al Hotel Hilton, su oferta: un delicioso pavo relleno mejor conocido como Thanksgiving Roast Stuffed Turkey. Unos pasos más adelante Church’s Chicken con sus espectaculares Honey-Butter Biscuits.

Mientras caminaba con mi cara de “yo como poco” iba entablando una seria conversación con mi sistema digestivo: “no me falles, tú puedes”. Casi tropecé con el stand de Outback Steakhouse donde me recibieron con un vasito plástico, que en segundos se transformó en la copa del mundial de fútbol, una crema de cebolla de sabor, color y textura que no puedo explicar con simples palabras.

Superado el impacto de la crema de cebolla seguí caminando con paradas en Subway, Kellog’s, Del Monte y La Granja. La gloria se materializó frente a Papa John’s y Domino’s –las pizzas son mi debilidad- y me golpeó con toda su fuerza al probar los nuevos sandwiches horneados de Domino’s.

Hice varias paradas en los múltiples kioskos de Coca Cola para pedir mi tan amada Coca Coca Light. Lo impresionante es que, cuando uno está con una hamburguesa en la mano y pides insistentemente un refresco ligero, la gente te mira con cara de terrorista. Sin embargo, aquí era un acontecimiento natural, me embargaba una sensación de “he llegado al paraíso y no me quiero ir de aquí”.

Otro stand que todavía recuerdo con cariño es el de Polar, y no precisamente por las “birras” sino porque su oferta consistía en las empanaditas de queso más ricas que se han cosechado. Doraditas y crujientes por fuera y jugositas por dentro. Toda una oda a la empanada.

Como todo en la vida, alguien se tenía que llevar el premio de “no todo lo que brilla es oro” y el ganador fue el stand de Cargill. Una variedad de tequeños de queso con tocineta, ricotta y espinaca y de queso con ají dulce, acompañados con una espesa salsa de papelón. Se les hizo agua la boca ¿verdad? Pues lamento informarles que era más bulla que la cabuya, chiquitos con poco relleno y aceitosos.

Finalmente, la gloria me volvió a golpear al llegar al stand de KFC. Con sus espectaculares Chicken Tenders cerraron con broche de oro lo que para mí fue un día cargado de sabor americano y capitalista. Todavía tengo recuerdos de los Chicken Tenders en mi cartera muy al estilo venezolano “ta’ barato dame dos”.

Ahora sé que mi vida se divide en dos partes, antes y después del 234° aniversario de la Independencia de los Estados Unidos.

Nota: están invitados a trotar vigorosamente en el Parque del Este y subir el Ávila este fin de semana. Por cierto, ¿alguien tiene un Orbitrek que no esté usando?

Aquí sólo se come carne (Caso Chipi’s)

30 jun

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Superada la fase de crear el blog, decidir el nombre, el diseño y escribir el post de bienvenida, me encuentro con un nuevo reto ¿de qué demonios hablo ahora? ¿por dónde empiezo? En mi memoria se empezaron a encontrar recuerdos que iban desde Pida Pizza y Tropi Burger hasta Lola y Yamin Gourmet. En un intento por organizar semejante peo decidí seleccionar los recuerdos más recientes, es decir, aquellos correspondientes al día de ayer.

Los lunes en Caracas – y posiblemente en cualquier lugar del mundo – son una calamidad. La nostalgia del fin de semana mezclada con la sensación de eternidad que nos separa del próximo día libre, son los ingredientes necesarios para meterse en la página del cine y comprar entradas para cualquier función, sin importar que el título de la película sea Los nietos de Chucky III.

Yo no escapo de esa sensación y actuando de forma consistente fui a ver Toy Story 3 en el CSI. En el camino soñaba con comerme una ensalada en Kepén (ya le dedicaré un post completo a este local). El hecho es que, la vida es una vaina seria y el único local de todo el centro comercial que estaba FULL era Kepén y yo queriendo comer sano…

Me dije “Miga´s?”, inmediatamente me respondí “eh, mira, no…” Vagando en pena por los pasillos del CSI un anuncio de Chipi’s me invitó a vivir una experiencia “saludable” con un menú de 6 ensaladas.

Me paré frente al menú y mi primer cuestionamiento fue ¿¿por qué todas tienen pepino??, el segundo fue ¿¿quién demonios diseña las ensaladas aquí?? Y el tercero ¿¿pero alguien aquí tendrá noción de lo que es una ensalada saludable (tocineta, blue cheese, maíz, croutons) ?? Las posibles respuestas no tardaron en llegar a mi cerebro. Primero, el pepino debe ser barato y abundante. Segundo, el que hace las ensaladas no es el que se las come. La última pregunta generó un reproche: “o sea jelou mija, estás en un local donde venden comida chatarra, dale gracias a Dios que tengan algo sin pan”.

Pese a que todos los caminos conducían a Miga’s, mi curiosidad pudo más y decidí ordenar la ensalada New York. La descripción decía: lechuga, pepino, tomate, trozos de pechuga de pollo a la plancha, maní y frutos secos con un aderezo Honey Cilantro. Exceptuando el bendito problemita del pepino, la ensalada se proyectaba.

Primera mentada de madre, “señorita no hay maní” (sentí que estaba protagonizando el video de la canción “No hay” de Nana Cadavieco). Casi famélica, rodeada de hamburguesas gigantescas, deliciosas y jugosas me senté a esperar mi ensalada “súper saludable”. Para mis adentros decía “ja! Me la estoy comiendo, todos ellos van a engordar muchísimo, pero yo no, porque yo me voy a comer una ensaladita muy rica”.

Mi pensamiento se interrumpió al escuchar que me llamaban para retirar el pedido. Cual perro de Pavlov, corrí a buscar mi ensalada… Segunda mentada de madre, la lechuga venía bañada en agua. Tercera mentada de madre, los frutos secos estaban conformados por un variadísimo conjunto de: pasas (de diferentes tamaños y colores, pero pasas). Cuarta mentada de madre, el pollo estaba todavía echando humo. Quinta mentada de madre, resultado de todo lo anterior en mi plato se empezó a formar una especie de asopado de pasas con pollo.

Última mentada de madre, todos a mi alrededor con caras de placer exagerado, el sonido casi grosero y blasfemo de las papas fritas crujientes, junto a las dentelladas que despedazaban una jugosa porción de carne de 3 centímetros de ancho, me hicieron confirmar que a “esos sitios” uno no va a comer ensalada!!

Comer es un placer… a veces

29 jun

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Reciban una sabrosa bienvenida a este espacio dedicado a uno de los mayores placeres de la vida: comer. Quisiera comenzar aclarando lo que este blog es – o pretende ser – y lo que definitivamente no es.

Este blog no pretende ser una referencia obligada ni convertirse en la guía gastronómica de la ciudad. Si estás buscando algo al estilo Miro Popic, éste no es el lugar correcto. Aquí no encontrarás críticas refinadas basadas en la experiencia de un paladar exquisito y educadísimo. Tampoco formará parte de este blog el complejo léxico de las artes culinarias, aunque de vez en cuando haré mi mejor esfuerzo por “guglear” un par de conceptos y palabritas que enriquezcan la lectura.

Lo que si pretende este blog es “echarles el cuento” sobre la experiencia, desde una perspectiva muy personal y muy a mi estilo. Este blog tutea y de vez en cuando dice groserías –procuraré no abusar-. Aquí podrás encontrar errores ortográficos, de estilo y de redacción, pero estás en la total libertad de señalarlos (agradezco educación).

Finalmente, todo lo que aquí se escriba –o por lo menos el 99.9%- no tiene soporte bibliográfico, es completamente subjetivo y su actualización depende de las políticas económicas implementadas, del dólar paralelo, la situación de Polar, la de mi empresa y de la estabilidad del Banco Mercantil.

Ahora sí, para todos los que siguieron leyendo después de la mención a Miro Popic, bienvenidos!

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