Regresar de un viaje, en particular cuando vives en una ciudad como Caracas y llegas a un aeropuerto como el de Maiquetía, puede convertirse en un drama protagonizado por Lupita Ferrer y Raúl Amundaray. Cuando llega la hora de partir -súper dramático-, hasta los malos momentos del viaje son recordados con una sonrisita ridícula, acompañada de una lágrima a punto de rodar cachete abajo.
Por motivos ajenos a este blog –economía, política, inseguridad- hace un par de meses, mis primitas graduadas de educación preescolar, tomaron la decisión de educar a los panameños y se fueron felices y contentas –también asustadas, pero ese tampoco es tema de este blog- a montar un preescolar en Panamá.
Por esa razón, un día antes de regresar a Caracas, me quedé en el apartamento de mis primas. Llegué súper temprano para poder recorrer la ciudad y conocer algo más que la playa del hotel Decameron y sus 8 restaurantes y bares. Debo confesar, con mucha vergüenza, que me importaba un pepino la ciudad, yo lo que quería era gastarme los dólares que me quedaban del cupo CADIVI.
Tarjeta de crédito en mano, me llevaron al Multiplaza Mall y no salí hasta que la tarjeta dejó de pasar. Concluida la diversión, fuimos a conocer el casco antiguo. Cabe destacar que, a pesar de que todavía quedan casas muy deterioradas, el proyecto de restauración y reconstrucción es admirable. Al mejor estilo pueblerino, paseamos por la plaza, le dimos de comer a las palomas –en realidad esto no lo hicimos-, nos tomamos fotos y finalmente, nos sentamos en un restaurant llamado Casablanca.
En Casablanca son famosos los mojitos y tienen, desde mojito de coco, hasta mojito de parchita. Los probé todos y, sin que me quede nada por dentro –perdóname Sukka-, son los mejores mojitos que me he tomado. Particularmente, el mojito de coco tiene el súper poder de invadir todos tus sentidos con ese olor y sabor playero.
Entre mojito y mojito sentí que faltaba algo: comida. Pasé para adelante y para atrás las páginas del menú en repetidas oportunidades. El problema: todo, absolutamente todo me provocaba. Nos tomó dos rondas de mojitos decidir. Finalmente, pedimos un tartar de salmón, arañitas (pulpo rebosado), ceviche, ensalada de atún y otra ronda de mojitos –por aquello de no perder la costumbre.
Con respecto a la ensalada de atún, necesito que se abstraigan y se olviden de la latica de atún aceitosa eveba –o marcas similares- porque esto era “un tolete de atún” sobre una cama de lechuga crocante, acompañado de una deliciosa salsa “de la casa” –no me pregunten qué tenía, pero estaba buenísima-. El resto de la comida estaba excelente, pero necesitaba destacar el tema del atún.
Con los mojitos trabajando en pro de una borrachera, nos fuimos al Paseo Amador. Allí, solidarios con la causa, entramos al restaurant de unos venezolanos para continuar con el suministro de alcohol etílico. En mi cuerpecito se empezaron a mezclar los mojitos con un par de piñas coladas y daiquirís de fresa que, gracias a la sobrealimentación a la que me sometí durante el viaje, se dejaron colar sin problema.
La noche comenzó a caer sobre una Panamá que siempre imaginé como un pueblo con un canal, pero que resultó ser una ciudad digna de admirar –al menos desde mi punto de vista. Ya empezaba a sentir la nostalgia de la última noche. Pedí que, como última parada turística, me llevaran a un supermercado para recordar lo que se siente cuando tienes varios tipos de leche, aceite, mantequilla, queso y azúcar para escoger.
Un niño en Disney no siente ni la mitad de la emoción que yo sentí cuando entré en el supermercado. Agarré el carrito y empecé a llenarlo frenéticamente. El resultado de esta acción se tradujo en el reto de meter en la maleta: aceite en spray, pastillas de té verde, cajas de cereal, paquetes de facilistas, potes de queso crema, bolsas de pretzel, entre otros. Una vez superado el desafío –gracias a la aplicación de la técnica milenaria “sentarse con fuerza sobre la maleta y cerrar”- me fui a dormir con la angustia de que me pararan en la aduana y me acusaran por tráfico de alimentos.
El vuelo a Caracas salía a las 9 de la mañana, por lo que a las 5 ya estaba levantada. Dado que en Panamá hace un calor impresionante, uno se la pasa con ropa ligera y que estira. Sin embargo, como en el avión hace frio, decidí ponerme un blue jean. “Jumm ¿será que este no es mi pantalón?”, pensé. Vi la etiqueta en varias oportunidades “si, si es. Pero, ¿por qué no cierra?”. Después de unos segundos me dije “Oh santo Cristo bendito, ¿qué he hecho?”.
La respuesta a esa pregunta era el resultado de comer como si no hubiese un mañana. Resulta que ese “mañana” llegó, y tuve que aplicar otra técnica milenaria conocida como “subirse el cierre del pantalón acostado en la cama”. El único problema: mi bronceado panameño se transformó en un azul índigo, producto de aguantar la respiración.
Con mi tonalidad violeta, emprendí mi viaje de regreso a Caracas. Para que no me quedara ni la menor duda de que este último 33.33% del viaje no es placentero, el momento vino acompañado de un problema con la cinta donde se colocan las maletas y aderezado con la “amabilidad” de un trabajador del aeropuerto, quién nos dijo: “ese no es mi problema, ese rollo es con la aerolínea”. Finalmente, tomé mi maleta, superé las barreras del Seniat y prendí un cigarro mientras me decía “Bienvenida a Caracas”.

Hola papa alocada Hot y desmedida. Como se lo importante que es para ti que te dejen un comentario, he aqui el mio. Excelente el post. Pero en mi cabezita revolotea la idea de que un dia de estos te te van a bajar rodando de los Aviones jajaja mentira papa es pura jodencia… Sigue comiendo y sigue contandonos tus elocuentes experiencias Culinarias xD