TO DO: Comer en el Palms ☑ -historia de un recordatorio-

En esta ciudad (Caracas), una cantidad importante de locales cierran antes de que te hayas enterado de su fantasmagórica existencia. Hay otros cuyo nombre escuchaste pero que nunca tuviste la oportunidad, los reales o las ganas de visitar. También están aquellos que conociste pero que pasaron a mejor vida justo cuando les estabas agarrando cariño -caso L’Osteria, convertido en un Sport Bar Family Book Center-.

Finalmente, tenemos a los restaurantes que siempre estuvieron en tu lista de to do’s pero creíste que nunca llegarías a conocer. Para hacer la historia corta -Dios, nunca puedo hacer una historia corta-, el Palms entraría en este último grupo.

Hace sopotocientos millones de años escuché que Helena Ibarra estaba a cargo del restaurante Palms del Hotel Altamira Suites. Desde ese momento anoté en mi bloc de notas Caribe -olvídense de Moleskine, esa vaina no existía-: “Comer en el Palms”. Con el pasar del tiempo, el bloc fue víctima de rayones, manchas de café, quemaduras de cigarro y un sinfín de abusos, hasta que finalmente terminó en la basura y con él la lista de to do’s.

Recordatorio perdido, tarea olvidada.

Fue alrededor de agosto de 2013 cuando, dando vueltas por Altamira, el aviso medio luminoso del Hotel Altamira Suites me hizo recordar el bloc Caribe y el desvencijado item “Comer en el Palms”. 

La posibilidad de poner un check sobre la tarea me produjo un trastorno obsesivo-compulsivo y no pude pensar en otra cosa que no fuera entrar y finalmente tachar, al tan mentado establecimiento, de mi lista -aunque esta ya no existiera físicamente-.

Y así fue como terminé sentada en la terraza del Palms, al lado de la piscina y con un educado -pero no muy ducho- mesonero, preguntándome qué quería tomar. Me encantaría decir que me tomé una copa de vino o un campari con soda o cualquier cosa menos universitaria, pero la verdad es que me caí a cervezas. Lo siento. Hacía calor.

Con el menú en la mano, lo primero que noté es que los nombres de los platos eran tan originales como cursis. Demasiada creatividad para mi gusto.

De entrada pedimos unas empanadas de cazón, que ni en Cumaná y sus alrededores podrían hacerlas tan bien -me disculpan los cumaneses-. Doraditas, crujientes, con la cantidad exacta de relleno y el grosor perfecto. De revista. Las empanaditas vinieron acompañadas de tequeños rellenos de queso de cabra con sirope de papelón y unos topochos con ceviche de róbalo y salsa de cilantro.

IMG_3246

IMG_3250

Después de sentir en vida la gloria divina, podía haberme ido sin patalear. Aún así -y full-, esperé con cierta ansiedad lo que venía. El hombrecillo educado se presentó con una combinación de punta y solomo con hilos de papa y un churrasco de mero con calamares, adornado con florecitas, hojitas y cositas varias. Suena tan cursi como el menú, pero la verdad es que la decoración del plato me pareció genial.

IMG_3259

IMG_3255

Quise guardar espacio para el postre, pero muy a mi pesar no lo encontré. Esto es un tanto contradictorio pues he leído muchísimas reseñas quejándose del tamaño de las raciones. No sé si con el pasar de los años modificaron las cantidades o si la queja se debe a que a la gente le encanta meterse una Festal®-papa. A mi me pareció el sabor perfecto en el tamaño adecuado. Cabe destacar que después de esta vez he seguido visitando el lugar con los mismos resultados, por lo demás, satisfactorios.

Al igual que el tema de las raciones, he visto infinidad de comentarios con respecto a los altos precios. Y no es del todo falso, pero como no estás comiendo hamburguesita con queso y papas fritas, obviamente no encontrarás precios de McDonald’s -que ya no es tan barato-. Es más, hoy en día, cualquier taguara de esta ciudad llega a tener platos, de dudosa calidad, con precios más altos que el Palms.

Mi recomendación, buscar el chance, las ganas y los reales para que este sitio no se convierta en uno de esos restaurantes cuyo nombre escuchaste pero nunca visitaste.

Palms queda en la 1ra Av. con 1ra Transversal de Los Palos Grandes en la Planta Baja del Hotel Altamira Suites.

La peor primera vez se la tira de -la pequeña- suiza

No son muchas las opciones de comida Suiza en este país (Venezuela). Aquí lo que abunda son restaurantes italianos, españoles, chino – tropicalizado y japonés – tropicalizado. Cabe destacar que comer fondue (uno de los pocos platos que se sirven en estos restaurantes) no es precisamente popular entre los venezolanos e imagino las razones. La vaina es más un show de esgrima que una experiencia gastronómica. Para colmo, siempre hay un pendejo en la mesa que se empeña en agarrar tu pedazo de carne que, por lo general, es más grande que el de él.

Es menester mencionar que el fondue, particularmente el de carne, es un plato de precio elevado que, por lo demás, no cubre la demanda de estómagos con cierto metraje cuadrado. Lo anterior es interesante analizarlo tomando en consideración que usted se cocina su propia comida.

A pesar de las razones expuestas, el fondue – de queso, carne o chocolate- es uno de mis platos favoritos. Dicho esto, considero que no requiere mayor explicación mi -atropellada- visita al restaurante La Pequeña Suiza en El Hatillo.

El sitio lo descubrí gracias a que la Trattoria al Tatta, la cual no conozco, tiene un horario parecido al de la casa de mi abuela: se almuerza a las 12 y se cena a las 7, punto. En fin, después de haber parado el carro en el puesto que más nunca en la vida conseguiré -justo frente a la trattoria- resultó que el sitio en cuestión estaba cerrado. Ya en El Hatillo, a uno no le queda más opción que resolverse en las inmediaciones del mentado pueblo. Así fue como llegué a la Pequeña Suiza.

Al entrar, sentí que estaba llegando a la Colonia Tovar pero zombie. Nadie salió a atendernos. Al rato, una señora salió del baño y nos indicó que teníamos que subir las escaleras. El sitio se veía interesante, en particular la terraza, la cual estaba hasta las metras. Decidimos sentarnos en una mesa en el interior del local, cuando apareció de la nada el ser vivo -si es que eso está vivo- menos educado del planeta diciendo “no puede sentarse ahí”. Ante mi cara de asombro solo articuló “esa mesa es pa’ 6″.

Un poco confundidos, nos invitaron/mandaron a sentarnos en una mesa, obviamente, al lado del baño. Necia, como siempre, dije “yo ni de vaina me siento en esa mesa, vámonos”. Pronunciadas estas palabras, otro mesonero un poco más cordial, entró en pánico y nos invitó a sentarnos en un mesa un poco más agradable y accedimos. El primer error de una serie de errores.

El segundo error fue la elección de los platos. De entrada pedimos un tartar de salmón -nada más a nosotros se nos ocurre pedir un tartar de salmón aquí-. Cuando “aquello” llegó a la mesa tuve ganas de llorar, un corazón -literal- de queso crema envuelto en unas láminas de salmón con topping de champiñones. “¿de verdad? ¿topping de champiñones? El CDTM”

IMG_6956

Luego vino la guinda de la torta, el error que pagaré de por vida en el infierno, en vez de pedir fondue pedimos La Potance de lomito. Recordé tanto aquella vez que fui al Centro Uruguayo y pedí pollo. Uno no aprende.

El segundo plato fue una sucesión de infortunios que se desarrolló más o menos así: trajeron el plato equivocado, luego el correcto pero frío, luego el equivocado pero caliente. Nadie en el mundo pudo haber hecho este trabajo tan bien. ¿3 veces? ¿te equivocaste 3 veces? En el mundo no deberían existir sitios así, el impacto que tienen en la sociedad es FULMINANTE.

Terminé la “velada” poseída por el espíritu de Mickey Knox. Pagar fue como premiar aquel desastre. A decir verdad, debieron pagarnos a nosotros por las torturas a las que fuimos sometidos. 

Si tuviera que escoger la peor primera vez, esta, sin duda, se llevaría todos los galardones.

Errar es de humanos y del Hotel Ávila también

Siempre me ha parecido balurdísimo que la gente ante cualquier dificultad, metida de pata o penuria, trata de consolar al afligido con frases, proverbios o refranes como “el tiempo de Dios es perfecto”, “lo que es del cura va pa’ la iglesia”, “tiempo al tiempo”, “el tiempo lo cura todo” o simplemente “errar es de humanos”. El invento de la penicilina y estas frases definitivamente revolucionaron el mundo.

Sin embargo, y en defensa de estos mantras, en determinadas oportunidades su uso es lo más resumido y preciso que se puede decir, evitando así horas de largos discursos que, en definitiva, se traduce en un ahorro energético y de horas hombre importante. Es por ello que, para ahorrarles un poco de electricidad -si es que tienen en estos momentos-, tiempo, dinero -porque el tiempo es dinero- y un prematuro desprendimiento de córnea, solo diré que “errar es de restaurantes” y, en particular, del Hotel Ávila.

A pesar de haber escrito un post sobre un espectacular desayuno en el hotel en cuestión, es mi deber como ciudadana que no come sobras, usar en este artículo otro tipo de adjetivos distintos a espectacular. Algo como mediocre, vergonzoso o insalubre podría ser un “buen” comienzo para el escalofriante y trágico acontecimiento que a continuación procedo a relatar.

9:00 a.m, un buffet repleto de gente enratonada-hambrienta, ausencia de alimentos en algunos chefandish -chefendí o simplemente bandeja-. Yo no estaba enratonada pero, al igual que todas las almas presentes, también tenía hambre. La demanda de arepas superaba la oferta by far. Una cola -como cualquiera de las que acostumbramos a hacer para comprar leche o harina pan- se formó delante de la bandeja de arepas asadas. Minutos más tarde apareció un mesonero con el refill.

Sin abandonar la formación, esperé mi turno para agarrar la bendita arepa que completaría  lo que una vez fue un plato caliente. Llegado el momento, agarré las tres últimas mini arepas que quedaban y me dirigí a mi mesa. A mitad de desayuno, por allá por la segunda arepa, un temblor en el ojo izquierdo fue el primer síntoma de haber descubierto aquel error en la matriz.

- En este espacio debió aparecer la foto demostrativa que por el impacto y la jodedera no fue tomada -

Era una arepa plain como cualquier otra con la única diferencia de que su borde, en vez de ser relativamente uniforme y liso, tenía unas hendiduras muy similares a las que se hacen cuando alguien deja la huella de su mordida. Ajá, así mismo, era como la arepa milenaria que había pasado ya por otras manos y por otra boca, era el molde dental de algún x en la vida, era la arepa de otra persona.

La más sórdido de la historia es que la mordida no estaba fresca, la misma había sido sellada gracias al calor de una nueva horneada. Bueno, al menos se tomaron la molestia de no servir la arepa fría, ¿no?

En fin, como “lo que no mata engorda”, tuve la oportunidad de compartir esta experiencia eco friendly de reciclaje arepero con ustedes. ¿Volvería? Esto se responde de la siguiente manera: como “la necesidad tiene cara de hereje” es mejor apegarse a aquello de que “errar es de humanos”…

Carta de amor a un pescado bien cocido

No logro recordar cuando me empezó a gustar el pescado, creo que fue en el mismo momento en que me empezaron a gustar los garbanzos y los vegetales. Es más, es muy probable que todo haya comenzado en uno de esos arranques de dieta. Y tiene que haber sido así, porque a mi aquello de pedir pescado en un restaurante siempre me pareció nulísimo.

Aún hoy, a pesar de todo el amor que le tengo a estos vertebrados acuáticos, sigue siendo nulísimo -y hasta un evento de dramáticas consecuencias- pedir pescado en algunos lugares, aunque estos ostenten el título de marisquería, seafood o cualquier tipificación similar. En mi humilde opinión, cocinar bien un pescado requiere pericia, sensibilidad y hasta un cierto toque de glamour cacherosidad por parte del cocinero en cuestión.

Y es que hay comidas que, aunque sean preparadas con poco o escaso conocimiento de lo que se hace, es poco probable que se conviertan en pedazo de !#$* incomible (ej: pollo a la plancha, pizza,  parrilla, entre otros). Sin embargo, el pescado no cae dentro de esta safety zone. Un minuto más de cocción y tendrás una vulgar lata de atún Eveba en tu plato.

Dicho esto, se hace cada vez más claro el punto de que comer un buen pescado no es empresa fácil. Si a esto le sumamos el tedio de ir siempre al mismo sitio, entonces entramos en una suerte de Laberinto del Fauno. La meta ya no es simplemente comer un pescado que se respete, la meta es comer un pescado que se respete y en un sitio al que no hayas ido nunca, jamás, never, ever.

Y así arranca esta historia, la cual se desarrolla en el recóndito C.C. Cumbres de Curumo, restaurant Fishman -me disculpan la ignorancia, pero para mi este lugar era algo como Narnia-. 3:00 p.m, hambre con calidad de desesperación, obstinada de dar vueltas por todas Caracas -pude haber llegado a la Gran Sabana con el kilometraje recorrido-, llegamos al sitio en cuestión.

Nos sentamos en la parte interna del local, esa que tiene A/A y en la que los mesoneros no pueden esquivarte, en una mesa con complejo de caja 3D que simulaba una de esas playas de Mochima con arena blanco-transparente, conchas de mar y esqueletos de estrellas.

IMG_3698

Nos atendieron como en muchos locales de esta ciudad, sin ganas y sin tiempo. Nada bueno ni malo que recordar sobre el servicio, igual de mediocre que cualquier otro. Sin embargo, en este país, eso es casi casi un buen servicio. En fin, nos entregaron un menú bien estructurado, con ingredientes interesantes y nombres llamativos.

Para no perder la costumbre y con esa necesidad de probar mucho en poco tiempo, pedimos una fosforera y una ensalada crispy crunchy currucucú capresa -no recuerdo bien el nombre- con mozzarella empanizada en queso parmesano. Desde esa ensalada yo no soy la misma, ni peso lo mismo, ni creo que exista capresa semejante. En este punto es importante sincerarnos: cualquier alimento empanizado con queso parmesano tiene altísimas probabilidades de convertirse en un hit. Aquí no había aceite de trufa, ni azafrán, ni ingredientes fancy, pero sin duda alguna me comería esa “ensalada” una y mil veces.

IMG_3708

Concluido el primer acto, pasamos a un salmón en salsa de vino, miel y ajoporro sobre cama de arroz Nishiki (?? ni idea que esto existía) y un churrasco de dorado en leche de coco y curry con maní y arroz al vapor. Baja el telón, sube el telón: barriguita llena, corazón exageradamente contento. Increíble la perfección en la cocción de ambos pescados, el balance de los sabores y la frescura de los ingredientes.

IMG_3715 IMG_3719

Es arriesgado recomendar sitios en esta ciudad, caracterizada por servicios que padecen de bipolaridad y depresión crónica, pero si el esmero en la preparación y la calidad de los ingredientes se mantiene, este es un restaurante que vale la pena visitar.

Cumpleaños + Colonia Tovar = profiterol relleno de Nutella

Cuando de cumpleaños se trata, la comida toma un papel protagónico y más si es el mío. Superados los veinte, los regalos se transforman en calorías y mientras más, mejor.

Uno se olvida de la dieta y de todos esos tabús alimenticios. ¿Colesterol? ¿Qué vaina es esa? Triglicéridos en ese momento puede ser un tipo de compuesto químico usado en la elaboración de bombas atómicas, pero nada que afecte la salud. En fin, uno se hace el “willy”.

Dicho esto y olvidados todos los conceptos nutricionales/fitness, me fui a la Colonia Tovar a comer al restaurant del Hotel Bergland.

Armada y peligrosa comí pretzels; ensalada con queso tentación, peras y almendras; plato alemán con tres tipos de salchichas y chuleta ahumada; y para cerrar el cumpleaños, con velita y todo, un profiterol relleno de Nutella, fresas y crema chantilly…

Feliz cumpleaños a mi y a mi estómago…

IMG_0164

IMG_0168

Desayuno que se respeta incluye huevo, caraotas, carne mechada y arepas

Por cosas de la vida, del destino o por pura brujería, aterricé una mañana en el Hotel Ávila (específicamente en el restaurant). Obviamente, con hambre (as always).

Que buen plan… Tremendo desayuno de campeones, ideal para estíticos: carne mechada, caraotas con queso blanco, arepitas y perico -huevo revuelto-

Como muestra les dejo esta foto casi de postal.

IMG_3431

De los sanduchitos de diablito al Teppan, una cuestión de años

Después de cierta edad, los cumpleaños se celebran de forma ‘distinta’. En este contexto, distinta = no hacemos lo mismo que hacíamos cuando teníamos 7 años.

No solo es que no hacemos lo mismo, es que no sentimos lo mismo y, para hacer la cuestión un poco más compleja, tampoco nos gusta hacer lo mismo.

A los 7, un buen cumpleaños se caracteriza por una piñata ‘con todos los juguetes’, un montón de amiguitos ‘billetuos’ que lleven regalos y mucha frescolita. Para nada importa la comida, si hay sanduchitos de mantequilla y diablitos está todo bien. El tema gastronómico queda relegado a un -número ordinal súper alto- plano.

Sin embargo, el grado de importancia de estos elementos comienza a invertirse de forma proporcional al número de años celebrados por el agasajado. En este sentido, a los sesenta y tantos de mi tía, lo importante era comer y beber ‘hasta que el cuerpecito aguante’.

Así es que, un conjunto de personas que cumplían con la propiedad ‘edad > 7′, entre ellas yo, nos fuimos a disfrutar del arte de comer y beber al Benihana (Hotel Eurobuilding), con la excusa de celebrar otro año más de mi querida tía.

Los pormenores del asunto no hay por qué ventilarlos a la luz pública, pero lo que si puedo contarles es que, a pesar de la LARGA espera por el show, la noche terminó con un suspiro de nombre ‘ganas de volver’

No es la primera vez que voy a disfrutar del Teppanyaki (aka Teppan) del Benihana, pero cada vez que voy quedo con la misma cara de niña idiotizada que admira el show de un mago. Aquí la idea es ir con varias personas y disfrutar del espectáculo.

El Benihana Trio es mi plato preferido pues incluye de todo un poco (pollo, carne y mariscos) y el Seafood Diablo es la combinación perfecta (mariscos con un toque picante). Según el mesonero, un Benihana Trio es ideal para una persona, pero pilas si son 4 personas pidan solo 3. Acompañen todo eso con el arroz especial y siéntense a degustar o, como hice yo, a tomar fotos.

De postre, el Banana Tempura no deja mal a nadie y el Volcán de Chocolate es como para lamer el plato, por aquello del heladito y la crema chantilly que lo acompañan.

Finalmente, si alguien está de cumpleaños en la mesa, los amigos del Benihana te toman una foto instantánea y te la entregan en un cursi marquito con el nombre del restaurant. La cosa no es nada del otro mundo, pero el gesto en ese momento se siente como si tu amiguito ‘billetuo’ de 7 años te hubiese regalado un pony.

Aquí les dejo el resultado de mi tarea, un set de fotos desde que el cocinero prendió la plancha hasta que la apagó.

Soplando las velas en modo VIP

Los cumpleaños se caracterizan por la imposibilidad de reunir a todos tus seres queridos – y no tan queridos – en un mismo sitio y a una determinada hora. Sin embargo, esa particularidad es lo mejor de tan sobrevalorada celebración.

Las posteriores – e independientes – invitaciones de las almas atormentadas que no pudieron asistir, en un intento por resarcir los daños ocasionados, se combinan para dar inicio a una semana #FiestasPatronalesModeOn, cargada de excesos, conversaciones politiqueras y problemas de ‘pantalones que misteriosamente se encogieron’

Es así como, una semana después de mi cumpleaños, salí a soplar las velas nuevamente, esta vez en el restaurante Vitrina del Hotel The VIP Caracas.

Recién inaugurado, el simple hecho de pensar que querías ir a conocer el lugar te dejaba un sabor a esperas interminables y mesas llenas de gente. Recuerdo que, cuando finalmente pude entrar y sentarme en una mesa con el menú en las manos, ordené un salmón en salsa de menta para chuparse los dedos. Es más, afirmé -y lo vuelvo a hacer- que era el mejor salmón que, hasta el momento, había tenido el placer de probar.

A dos años de mi primer encuentro, las cosas en Vitrina han cambiado. Atrás quedó la eterna espera, las mesas llenas de gente y el salmón en salsa de menta. Las dos primeras no me molestan, pero el cambio radical en el menú me marcó para siempre. Me inclino a pensar – y prefiero hacerlo así – que la inseguridad, muy de moda últimamente en esta ciudad, llegó a Vitrina despojándolos ferozmente de una decena de platos.

Aunque la historia no pinta bien, la realidad es que a pesar de que el menú ya no es el mismo – y las opciones escasas – quedamos bastante satisfechos. Para iniciar la velada ordenamos un ‘Tris del Chef’, un plato que combina carpaccio de lomito, vitel toné y ensalada capresa. El carpaccio de lomito espolvoreado con láminas de trufas se merece 20 puntos.

IMG_0414

De principal ordenamos dos especialidades del día y dos platos de la carta. Las especialidades incluían un resuelto y delicioso churrasco de dorado con calamares y pulpo acompañado de papas negras – por la tinta de calamar -, y un huesudo y precario conejo al vino sobre cama de espinacas y champiñones cubierto con trocitos de tocineta (tan bueno como escaso). Un atractivo cordero glaseado con puré de papitas colombianas y una trucha a la plancha completaron nuestra cena.

IMG_0415

IMG_0416

IMG_0417

IMG_0418

Como quien se pone una faja Diane – de venta en el Palacio del Blumer más cercano -, empezamos a hacer espacios imposibles y a apretar lo inapretable, preparándonos para uno de los momentos más esperados ‘El Postre’. Debo acotar que la carta de postres – y la de vinos – es más amplia y variada que la de platos principales. Con ganas de pedirlos todos, decidimos compartir una diminuta torta de queso criolla con helado – que desencadenó una guerra de cucharas – y un frío pero rico crème brûlée.

IMG_0429

IMG_0430

En fin, ya les contaré sobre las siguientes celebraciones de estas fiestas patronales, mientras tanto los dejo con un par de fotos de mi noche en Vitrina.

 

De las dudas y los panes a la mantequilla y el Xenical. El D.O.C.umental

Mis fines de semana se han convertido en un juego parecido al “palito mantequillero”, la única diferencia radica en que, en vez de buscar un palo, busco un restaurant. En realidad, es más una búsqueda de nuevas opciones que la de un restaurant en particular. Por esta razón, leo Estampas todos los domingos, me suscribo a los RSS de cuanto blog de gastronomía existe y, de vez en cuando, entro en la página de Miro Popic y en guia-gourmet.com.

Hace poco entré en la página de Miro y encontré una noticia que anunciaba la apertura de un nuevo templo gastronómico. Me llamó la atención tanto la ubicación como el nombre. En el espacio donde se encontraba el recordado restaurant de comida Thai Samui (#sufroPorSuDesaparición) se encuentra D.O.C, la nueva iniciativa de Jean Paul Coupal (dueño de Arábica Coffee Company -para los simples mortales “El Arábica”-).

Su nombre son las siglas de “Denominación de Origen Controlado” palabras que, debo confesar, suenan a una cuenta de impactantes proporciones, es decir, de una catajarra de ceros. Por cierto, gracias a Dios que se quedaron con las siglas, porque de aquí a que termines de decir “epa, qué tal si vamos a comer a denominación de origen controlado”, moriste de hambre.

Pasé varias veces frente al restaurant, pero el mercadito de diseño en Atlantique y la gente tomando café Arábica, no me permitieron conseguir un puestico “medianamente decente”. Además, confieso que el temor de gastarme los ahorros de toda una vida me hacían buscar excusas.

No fue hasta que mi tía (una a la que le encanta comer en sitios nuevos y ricos) se presentó con la tarjeta del restaurant. Los cuentos de la comida eran “del más allá” e incluían anécdotas sobre un delicioso magret de pato, enormes hamburguesas, carne que se podía picar con el tenedor y un pan de sabor inexplicable.

Obviamente no lo pensé ni ¼ de vez. Inmediatamente llamé a reservar pues, según mi tía, el sitio es pequeño y se llena. Me atendieron con mucha amabilidad y después de una “jaladita de mecate” me anotaron para las 4:30pm. A las 4:15pm ya estaba en la puerta de DOC, lista para una velada prometedora.

Sumamente amable (cuando digo “sumamente”, agradezco que en su mente lo pongan en negritas, lo subrayen y le suban dos puntos al tamaño de la letra -no lo hago aquí por un tema de estética-) fuimos atendidos por una señora que nos hizo pasar, indicándonos que debíamos esperar 5 minuticos mientras acomodaban nuestra mesa. Aquello me dio la impresión de un servicio de esos que llamamos “inolvidables” e “impagables” (en este país es costumbre que esas variables sean proporcionales: a mayor “inolvidabilidad” mayor “impagabilidad”)

Mientras esperaba, admiré todo el local. Decoración sobria, muy agradable, con una mezcla de marrón oscuro en toques de madera y rojo en la tapicería de los muebles y asientos. Había una deliciosa barra de quesos (los quesos están exhibidos en una repisa, cual botellas de whisky en un bar -ojo, nada mal esto, más bien súper provocativo-) y una inmensa barra de tragos. Me encantó la iluminación, las lámparas y la distribución del espacio.

En fin, a los 5 minuticos nos hicieron pasar al “comedor” -en mi mente sonó una claqueta y la palabra “Acción”, entramos en escena-. Había una mezcla de complicidad y gloriosos olores. El centro del “comedor” estaba decorado por una rebanadora con un pedazo de jamón serrano, esperando su próximo corte. Nos trajeron la carta y ahí comenzó el proceso de salivación que te hace pedir platos sin orden ni control.

De entrada pedimos calamares a la plancha y una lechuga roquefort. Mientras esperábamos la entrada, hizo gala la famosa “cesta de pan”. No me pregunten de qué es el pan, sólo les voy a decir que deberían venderlo hasta en Farmatodo. El pan tenía forma de caracol, hueco en el centro, compuesto de una masa suave medio hojaldrada y con un exquisito sabor a mantequilla, medio dulzón. Sin que me quede nada por dentro –ni por fuera- es el mejor pan que he probado en mi #$& vida, el nirvana de la levadura.

Después de degustar -no tan detenidamente- y pelear por la última migaja de aquella delicia, llegaron nuestros platos de entrada. Los calamares a la plancha venían acompañados de pulpo, garbanzos, alcaparras, ajo y aceite de oliva. Buen sabor, pero fuerte, no apto para todos los paladares, sobre todo para los que no son fanáticos de las alcaparras. Pero, como yo si soy fanática de las alcaparras, me vacilé mi entrada desde el principio hasta el rechinar del tenedor con el plato.

La lechuga roquefort, aunque con buen sabor, fue un plato que tuvo problemas de urbanismo y arquitectura. La enorme lechuga se encontraba picada en dos en el centro del plato, a un lado el roquefort en dos gruesas lonjas y en la parte superior un tomate picado por la mitad, todo bañado por una ligera salsa roquefort. Había un problema conceptual, un error en la matriz: mezclar aquella “perfecta división de ingredientes” era una tarea tan titánica como carente de elegancia.

Escoger el plato principal fue una labor descomunalmente deliciosa que dio como resultado: un pescado del día envuelto en una costra de finas hierbas y tocineta, acompañado de espinacas a la crema, y una hamburguesa DOC con papas fritas. Esperamos un rato, tan a lo venezolano, que a mi estómago se le olvidó el pan y la entrada, pero que me permitió hacerme una imagen más clara del servicio, el cual no resultó ser tan sensacional.

Al cabo de un rato llegaron nuestros platos. La hamburguesa era una obra de arte digna de una fotografía de “Food Porn”. Una inmensa, imponente y jugosa carne, envuelta en dos exquisitas rebanadas de pan y rodeada de una montaña de doradas papas fritas perfectamente cortadas. Realmente se veía y estaba suculenta.

En cuanto al pescado, este fue el culpable de una buena “mentada de madre”. La ausencia de las finas hierbas y la tocineta, unido a la exagerada presencia de una espesa capa de mantequilla sobre mi hermoso mero, me dio dolor de pestañas. Reclamando “plato equivocado” se llevaron aquel mar amarillo translucido a la cocina y me trajeron de regreso el mismo mar pero con finas hierbas y tocineta. Debo admitir que, a pesar del mantequillero, el pescado estaba divino. Las espinacas a la crema eran la misma historia, divinas pero cargadas de “culpabilidad triglicérida”.

El servicio, apartando a la “sumamente” -con letras en negrita, subrayadas y con dos puntos más en el tamaño- amable señora de la entrada, lo sentí un tanto mediocre y novato, cargado de equivocaciones, ausencia de cubiertos y empujones de sillas para atender a la mesa de atrás. Los precios me parecieron acordes a la calidad de los ingredientes y el tamaño de las raciones, aunque ¡pilas! los acompañantes se cobran aparte y no forman parte del precio del plato principal.

Mis recomendaciones: estacionarse en Centro Plaza, pedir la degustación de quesos, no pelarse la cesta de pan, probar la hamburguesa DOC, reservar con tiempo y no tomar Xenical o Glucofage antes, durante o después de la comida.

doc

Este post fue escrito originalmente el 19 de diciembre de 2010, pero por motivos “ni tan ajenos a mi voluntad” fue terminado de editar hoy, 03 de abril de 2011.

D.O.C queda en la Av. Andres Bello, entre Av. Francisco de Miranda y 1a. trans., 1080 Caracas, Venezuela. Teléfono: +58 (212) 285-1003

Se busca pollo

Hace un tiempo publiqué un post sobre una comilona dantesca en la Embajada Americana. Quiénes lo leyeron recordarán que pedía a gritos un Orbitrek para expiar mis culpas. Así comenzó mi romance bipolar con el aparato en cuestión que, sin duda, es bastante eficiente. Aquellos que han tenido la oportunidad ¿desgracia? de montarse en uno, saben que 25 minutos continuos en semejante armatoste es un karma.

Sin embargo, la desagradable sensación del “caucho montado en la acera”, es decir, el salvavida de grasa que supera las fronteras del pantalón, en un intento de caída libre reprimido, me dio la fuerza necesaria para mantener una rutina diaria –lunes a jueves- de Orbitrek, sudor y reggaetón.

Por esta razón –y otras que no vienen al caso-, el viernes tiene un aire a gloria, a éxito, que debe ser recompensado y disfrutado de alguna manera. Se imaginarán que esta recompensa tiene forma, olor y sabor a rica cena –lamento decepcionar a aquellos que esperaban algo menos banal y mundano-. Desde la mañana, mi cerebro maquiavélicamente repasa cada restaurant, cada plato, cada recomendación.

A medida que transcurre el día, los platos que se pasean por mi poderosa imaginación “glotoniana” se van cargando de calorías, gramos de grasa y sodio. De un Special K con leche descremada, paso a un delicado Tiger Roll, para culminar en una jugosa hamburguesa de Tony Romas. En fin, el día se va llenando de expectativas.

Ayer (viernes) trabajé muy duro con mis expectativas, en parte alimentado por mi nuevo hobbie de postear fotos de comida en Tumblr (el arte de semejante tortura recibe el nombre de Food Porn). Sin darme cuenta, llegó el momento de “¿y a dónde vamos a comer?” Ésta es similar a la pregunta número 15 de ¿Quién quiere ser millonario? Responder de forma incorrecta trae como consecuencia: pérdida de dinero, frustración alimenticia, culpabilidad calórica y otra serie de “calenteras”.

En un derroche de memoria mezclado con creatividad, innovación y originalidad, recordé el asado de tira del Centro Uruguayo y me dije ¿preparada para un “buen tolete de carne”? La última vez que visité el Centro Uruguayo, era una adolescente universitaria medio emo. En aquella época, el Centro era un tugurio con una misión clara: permitir al cliente caerse a birras, en un galpón con excesiva iluminación y completa ausencia de música.

Sin embargo, en el ambiente se escuchaban comentarios sobre el cambio de concepto y la nueva estrategia: un sitio para comer buena carne. La nueva propuesta me llamaba la atención. Producto de su antigua categorización de “taguara”, me imaginaba platos camionero style, con un superávit de morcillas y chorizos que, al no caber en el plato, iban cayendo a los lados. Así como el camino de Hansel & Gretel pero hardcore. En fin, Centro Uruguayo fue la respuesta a la pregunta número 15.

El restaurant en cuestión se reconoce porque toda la luz que le falta a las calles de Los Chorros está concentrada ahí. Después de parar el carro siete cuadras arriba y a medida que me iba acercando a la puerta, empecé a cuestionar mi decisión. Era el mismo tugurio pero más refinado, es decir, cambiaron las cervezas por whisky, pero bajo el mismo galpón excesivamente iluminado y con completa ausencia de música.

Repetí la palabra “ánimo” tres veces, recé un credo, tres padre nuestro y me senté. Practicando las normas del “buen comensal”, empecé cual exorcista a “espiar” los platos de las mesas vecinas. La panorámica no estaba nada mal: mucha carne, morcillas y chorizos. Rápidamente nos entregaron el menú y una sonrisa me empezó a iluminar el rostro. Mi estómago reclamaba a gritos compañía. Había hambre.

El menú tenía fotos de cada uno de los platos. Me llamó la atención el Pollo Pamplona, un plato con las siguientes características: pechuga de pollo rellena de mozzarella y tocineta. La foto era digna de escanearla y subirla a mi Tumblr. Al pedido se unió un asado de tira de carne de cerdo, yuca frita y ensalada mixta.

Sin darme cuenta la comida llegó a la mesa. La frase “coitus interruptus” debería ponerlos en contexto. Me giré para buscar la cámara de Qué Locura. Mi asombro dio paso a una brutal “arrechera”. ¿Se puede saber en dónde escondieron el pollo de la foto? Luego, la “arrechera” se transformó en una mezcla de asco con repulsión. Mi premio por tanto Orbitrek era una lonja de jamón de arepera, una tocineta a medio freír y una delgada capa de ¿mozzarella?, todo esto envuelto en una blanquecina y grasienta combinación de piel de pollo.

Con miedo, pinché con el tenedor el rollo de pellejo. Las hendiduras que dejó el pinchazo, sólo sirvieron de vía de escape para todo el aceite que se encontraba comprimido en su interior. Decidida a descubrir hasta donde podía llegar todo aquello, comencé a quitarle la piel y los cartílagos al pollo. Estuve alrededor de 5 minutos en un procedimiento al que, en la carnicería, le llaman: “limpiar el pollo”. Culminado el proceso de “despellejamiento”, la pregunta “¿dónde está el pollo?” se mantenía sin respuesta.

Comencé a voltear desesperadamente en busca de alimento. Me encontré con una cama de lechuga decorada con aguacate y un galón de colesterol en forma de asado de tira. Confieso que estuve a dos minutos del llanto. Cargada con toda la rabia del planeta y sus alrededores, pedí la cuenta. Este gesto de mi parte fue digno de reconocimiento ¿quién en su sano juicio pide que le cobren por las sobras del pollo?

Algunos dirán: “nada más a esta jeva se le ocurre pedir un plato así en el Centro Uruguayo…”. Es posible, quizás me equivoqué de plato. En ese caso, mi recomendación para el restaurant “La Carreta” (ese es el nombre real) es que quiten semejante desgracia culinaria tapa arterias del menú. Pero, si ese es el común denominador de su comida, lo único que puedo decir es: “querido comensal, vaya a su propio riesgo de sufrir una sobredosis de colesterol”

De resto, todo bien, el servicio rápido y los precios “relativamente” solidarios. Del 1 al 5, 0. Y es que yo no voy a un restaurant, independientemente de si parece una taguara o no, a que me cobren por quitarle el pellejo a un pollo inexistente.

chickenwanted