
Teóricamente, la parte placentera de un viaje comienza, aproximadamente, cuando el recepcionista nos entrega las llaves de la habitación. Sin embargo, la magnitud de la gozadera depende de ciertos factores como: las instalaciones del hotel, la compañía, la comida, la bebida, el servicio, el clima y el estado de nuestro sistema inmunológico y digestivo.
A las 2:30am llegamos al Royal Decameron Panamá. Restregándose los ojos, con la finalidad de limpiarse las lagañas propias de la hora, el recepcionista nos dio la bienvenida. Con el turbo en “on” nos explicó el funcionamiento del hotel, el número de restaurantes, piscinas, bares, discotecas y habitaciones. Nos entregó un mapa del hotel, nos colocó el brazalete de la perdición –todo incluido- y se despidió.
El cuarto tenía un aroma a humedad de moderado a intenso. A cualquier persona esto le parecería una tontería, pero en la repartición de alergias a mí me tocó “alergia a la humedad”, por lo que el olor me provocaba un cierto goteo nasal. Un cartel, igual al que vi en el lobby, me produjo angustia: “Prohibido fumar en espacios públicos. Ley del xx de enero de 2008”.
Y es que, basta que te digan que algo está prohibido para que te den ganas de hacerlo. Si prohibieran trabajar, seguramente la gente trabajaría más. En fin, pregunté y me dijeron que en la terraza se podía fumar. Problema resuelto. A las 3:00am, después del cigarro en la terraza, la cama King Size se insinuaba provocativamente y decidí entregarme, sin pudor, a su promesa de un sueño reparador.
A las 7:00am, después de soñar con panquecas voladoras, mi estómago comenzó a insultarme. Me levanté rápidamente y, con un turbo similar al del recepcionista del hotel, me fui al buffet más cercano. Debido a la extensión del hotel, éste quedaba a varias “cuadras llaneras”. El buffet estaba compuesto por huevo revuelto, salchichas, chorizo, mini pastelitos, carimañolas (bollitos de yuca rellenos de carne molida) y jamón con mantequilla -mucha mantequilla-. Había una estación de omelettes, una de panquecas y, para la gente que se engaña, una de frutas.
Confieso que, si bien la oferta era completa, sentía que le faltaba más. A pesar de mi pequeña decepción y de la cantidad de colesterol, mi plato se cubrió de comida en dos oportunidades. La dosis de proteínas fue suficiente para soportar hasta la noche. Para la cena se podía escoger entre una serie de restaurantes con reservación y el buffet. Saliendo de desayunar, reservamos en un restaurante de comida thai y nos fuimos a conocer el hotel.
La arena de la playa impecable. Sin embargo, me bañé acompañada de una serie de ramas y una que otra tapa, propia de los potes de jugo. Las 8 piscinas, también de un blanco impecable –razón por la que terminé con el pelo verde y el traje de baño transparente-, venían con todos los juguetes: chorritos, puentecitos, sillas, matas y bares.
Bares, muchos bares. Tanta caña y yo saliendo de una hepatitis. La lista de coctelitos “frozen” era interminable. Con ganas de tomármelos todos, mi hígado sólo me permitía colear un par de daiquirís de fresa entre Shirley Temple y Shirley Temple. A las 6:00pm terminamos de darle la vuelta completa al Decameron y emprendimos el viaje al restaurant “Mogo Mogo” –el thai en el que hicimos la reservación-
Con la frase “muero del hambre” escrita en la frente, me serví toda la variedad que había en el buffet. Roles de salmón, ceviche de corvina, ceviche de pulpo, ceviche de camarón, ceviche con frijoles, entre otros ceviches. Después de haber abusado del buffet, pedí un Churrasco de Corvina con curry y coco acompañado de vegetales. Si antes dije otra cosa, me retracto, pero definitivamente el mejor pescado que he probado hasta ahora es la Corvina. ¡Qué delicia!
Los días posteriores presentaron, más o menos, las mismas características. Todas las mañanas me comí exactamente el mismo desayuno. Queridos amigos panameños dos puntos ¿dónde quedó la variedad?, me tuvieron comiendo huevo y salchichas toda la semana -#chinazo, lo sé-. Y las tocinetas las escondieron hasta el último día. Yo jurando que en Panamá la tocineta estaba prohibida, pero no, ¡las tenían encaletadas! Por culpa de semejante egoísmo, tuve que comerme alrededor de un kilo de tocineta en un solo día para poder cubrir el déficit de los días anteriores.
Algo que no hice todos los días, gracias a la Santísima Trinidad, fue ir al canal de Panamá -fui sólo un día-. No con esto quiero decir que semejante obra de ingeniería no sea digna de visitar, pero pasar tres horas con un guía turístico viendo como los barcos pasan a través del mismo, no sólo carece de cualquier tipo de lógica, también carece de cuerpo que lo resista.
La vida nocturna del hotel era tan animada como ver un juego de ajedrez. Aún pienso que no estaban preparados para que a las 9 de la noche quedara alguien sobrio deambulando por ahí. Todos los bares cerraban a eso de las 8, excepto uno que se quedaba siempre lleno de venezolanos. De resto, las opciones eran: casino “too much tropical style” o discoteca “too much reggaetón style”.
Otra cosa que no hice todos los días fue asistir a la boda que motivó este viaje. Aunque todos los presentes hubiésemos querido que se repitiera infinitamente, dudo que a los novios, al bolsillo de los novios y al cura, les gustara mucho la idea. No voy a caer en muchos detalles, simplemente diré que la marcha nupcial fue sustituida por el tema principal de Star Wars y el Ave María por Highway to Hell de ACDC –en serio-.
De resto, una espectacular boda con una espectacular comida. En cada mesa, se dejaba admirar un menú con las diferentes opciones de entrada y principal, que incluía lo mejor de Panamá: pescados y mariscos. Yo tomé la excelente decisión de un coctel de camarones como entrada y un filete de pescado acompañado de un delicioso arroz con almendras como plato principal.
Lamentablemente, todos los viajes tienen un final, en caso contrario sería una mudanza. A pesar de mis quejas con los desayunos y la constante lluvia acompañada de vaporón con calor, me dio nostalgia tener que abandonar el hotel. Se estaba agotando el 33,33% maravilloso de cualquier viaje… Aún queda un poquito más, pero eso ya es harina de otro post.

Una de las hermosas vistas del Decameron

Porque no hay mejor invitación que ir a La Yucca

Productos varios para la "panza" y la "comezón"

En pleno trabajo, el Canal de Panamá con dos barcos

Si tuviera un negocio de alquiler de carros este seguramente sería el nombre ganador

Altar de la boda en la que se sustituyó el Ave María por Highway to Hell