La papa se mudó

4 sep

A pesar del enorme cariño que le tengo a este blog, gracias a VenezuelaHosting y su equipo, la papa más linda que he cosechado se muda. Desde ahora, los “papaposts” estarán en www.lapapacaliente.com.ve.

En el nuevo hogar de la papa encontrarás las cosas más ordenadas, incluyendo una sección separada para las recetas. Definitivamente, tienen que conocer la nueva casita, es de un bonita.

¡¡Los espero por allá!!

La papa em-panama-da (Parte III – Jugo)

3 sep

Regresar de un viaje, en particular cuando vives en una ciudad como Caracas y llegas a un aeropuerto como el de Maiquetía, puede convertirse en un drama protagonizado por Lupita Ferrer y Raúl Amundaray. Cuando llega la hora de partir -súper dramático-, hasta los malos momentos del viaje son recordados con una sonrisita ridícula, acompañada de una lágrima a punto de rodar cachete abajo.

Por motivos ajenos a este blog –economía, política, inseguridad- hace un par de meses, mis primitas graduadas de educación preescolar, tomaron la decisión de educar a los panameños y se fueron felices y contentas –también asustadas, pero ese tampoco es tema de este blog- a montar un preescolar en Panamá.

Por esa razón, un día antes de regresar a Caracas, me quedé en el apartamento de mis primas. Llegué súper temprano para poder recorrer la ciudad y conocer algo más que la playa del hotel Decameron y sus 8 restaurantes y bares. Debo confesar, con mucha vergüenza, que me importaba un pepino la ciudad, yo lo que quería era gastarme los dólares que me quedaban del cupo CADIVI.

Tarjeta de crédito en mano, me llevaron al Multiplaza Mall y no salí hasta que la tarjeta dejó de pasar. Concluida la diversión, fuimos a conocer el casco antiguo. Cabe destacar que, a pesar de que todavía quedan casas muy deterioradas, el proyecto de restauración y reconstrucción es admirable. Al mejor estilo pueblerino, paseamos por la plaza, le dimos de comer a las palomas –en realidad esto no lo hicimos-, nos tomamos fotos y finalmente, nos sentamos en un restaurant llamado Casablanca.

En Casablanca son famosos los mojitos y tienen, desde mojito de coco, hasta mojito de parchita. Los probé todos y, sin que me quede nada por dentro –perdóname Sukka-, son los mejores mojitos que me he tomado. Particularmente, el mojito de coco tiene el súper poder de invadir todos tus sentidos con ese olor y sabor playero.

Entre mojito y mojito sentí que faltaba algo: comida. Pasé para adelante y para atrás las páginas del menú en repetidas oportunidades. El problema: todo, absolutamente todo me provocaba. Nos tomó dos rondas de mojitos decidir. Finalmente, pedimos un tartar de salmón, arañitas (pulpo rebosado), ceviche, ensalada de atún y otra ronda de mojitos –por aquello de no perder la costumbre.

Con respecto a la ensalada de atún, necesito que se abstraigan y se olviden de la latica de atún aceitosa eveba –o marcas similares- porque esto era “un tolete de atún” sobre una cama de lechuga crocante, acompañado de una deliciosa salsa “de la casa” –no me pregunten qué tenía, pero estaba buenísima-. El resto de la comida estaba excelente, pero necesitaba destacar el tema del atún.

Con los mojitos trabajando en pro de una borrachera, nos fuimos al Paseo Amador. Allí, solidarios con la causa, entramos al restaurant de unos venezolanos para continuar con el suministro de alcohol etílico. En mi cuerpecito se empezaron a mezclar los mojitos con un par de piñas coladas y daiquirís de fresa que, gracias a la sobrealimentación a la que me sometí durante el viaje, se dejaron colar sin problema.

La noche comenzó a caer sobre una Panamá que siempre imaginé como un pueblo con un canal, pero que resultó ser una ciudad digna de admirar –al menos desde mi punto de vista. Ya empezaba a sentir la nostalgia de la última noche. Pedí que, como última parada turística, me llevaran a un supermercado para recordar lo que se siente cuando tienes varios tipos de leche, aceite, mantequilla, queso y azúcar para escoger.

Un niño en Disney no siente ni la mitad de la emoción que yo sentí cuando entré en el supermercado. Agarré el carrito y empecé a llenarlo frenéticamente. El resultado de esta acción se tradujo en el reto de meter en la maleta: aceite en spray, pastillas de té verde, cajas de cereal, paquetes de facilistas, potes de queso crema, bolsas de pretzel, entre otros. Una vez superado el desafío –gracias a la aplicación de la técnica milenaria “sentarse con fuerza sobre la maleta y cerrar”- me fui a dormir con la angustia de que me pararan en la aduana y me acusaran por tráfico de alimentos.

El vuelo a Caracas salía a las 9 de la mañana, por lo que a las 5 ya estaba levantada. Dado que en Panamá hace un calor impresionante, uno se la pasa con ropa ligera y que estira. Sin embargo, como en el avión hace frio, decidí ponerme un blue jean. “Jumm ¿será que este no es mi pantalón?”, pensé. Vi la etiqueta en varias oportunidades “si, si es. Pero, ¿por qué no cierra?”. Después de unos segundos me dije “Oh santo Cristo bendito, ¿qué he hecho?”.

La respuesta a esa pregunta era el resultado de comer como si no hubiese un mañana. Resulta que ese “mañana” llegó, y tuve que aplicar otra técnica milenaria conocida como “subirse el cierre del pantalón acostado en la cama”. El único problema: mi bronceado panameño se transformó en un azul índigo, producto de aguantar la respiración.

Con mi tonalidad violeta, emprendí mi viaje de regreso a Caracas. Para que no me quedara ni la menor duda de que este último 33.33% del viaje no es placentero, el momento vino acompañado de un problema con la cinta donde se colocan las maletas y aderezado con la “amabilidad” de un trabajador del aeropuerto, quién nos dijo: “ese no es mi problema, ese rollo es con la aerolínea”. Finalmente, tomé mi maleta, superé las barreras del Seniat y prendí un cigarro mientras me decía “Bienvenida a Caracas”.

Y antes de tomarme el jugo, me comí el postre

22 ago

El domingo de la semana pasada me levanté tempranito (al que madruga Dios lo ayuda, bueno eso dicen), abrí el TweetDeck -aplicación a través de la cual reviso mi cuenta de twitter- y me conseguí con un mensaje que, en un primer momento, consideré irónico y burlesco. El mensaje decía: “@lapapakaliente felicidades por el gran artículo sobre tu blog en El Nacional! Que éxito!”. Acto seguido le contesté: “jajajajaja ojalá” y traté de seguir mi día como otro domingo cualquiera.

Revisando las estadísticas del blog, noté un inusual tráfico matutino y me dije “¿Pero qué pasó aquí? ¿Qué es esto?”. Inmediatamente recordé el mensaje del artículo en El Nacional, pero me parecía tan poco creíble que deseché el pensamiento todas y cada una de las veces que apareció. A eso de las 10a.m (GMT -4:30) me llamó una tía y me dijo “¡Marica ganaste!” -realmente no dijo eso, pero suena buenísimo-. Continúo, llamó mi tía y me dijo “¡saliste en El Nacional!, en el cuerpo Ciudadanos página 8, aparece un artículo sobre La Papa Caliente”.

Con la quijada a ras de piso, me vestí corriendo -con la pinta de “subí el Ávila”- y salí a la panadería a comprar el periódico. Mis ojos se llenaron de lágrimas al mejor estilo “Candy Candy” o “José Miel”. La Papa Caliente en el periódico, esto era algo que no esperaba “I can’t believe it’s not butter“. Como se imaginarán lo escaneé, le tomé fotos, me lo tatué, lo plastifiqué y lo mandé a montar…

No tienen idea de la clase de momento que me regalaron, es de esos que yo llamaría “Kodak“. Es por ello que hoy, sé que me tardé un poco, quiero agradecerle a mis lectores, seguidores y a toda la fanaticada, por leer y recomendar este blog que para mí representa una vía de escape y una deliciosa manera de decir todo lo que quiero y tengo que decir.

Aprovecho también para pedir disculpas por la ausencia de nuevos posts, pero esta papita está migrando el blog a un nuevo servidor tuning. Pronto, muy pronto, podrán leer a la papa en 3D en www.lapapacaliente.com.ve. La Papa Reloaded & Enchulada, véala en los mejores dispositivos con conexión a internet del país.

Nuevamente, gracias por el apoyo. Esperen el jugo que viene pronto, aunque un poco aguado, pero con el mismo sabor.

La papa em-panama-da (Parte II – Seco)

11 ago

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Teóricamente, la parte placentera de un viaje comienza, aproximadamente, cuando el recepcionista nos entrega las llaves de la habitación. Sin embargo, la magnitud de la gozadera depende de ciertos factores como: las instalaciones del hotel, la compañía, la comida, la bebida, el servicio, el clima y el estado de nuestro sistema inmunológico y digestivo.

A las 2:30am llegamos al Royal Decameron Panamá. Restregándose los ojos, con la finalidad de limpiarse las lagañas propias de la hora, el recepcionista nos dio la bienvenida. Con el turbo en “on” nos explicó el funcionamiento del hotel, el número de restaurantes, piscinas, bares, discotecas y habitaciones. Nos entregó un mapa del hotel, nos colocó el brazalete de la perdición –todo incluido- y se despidió.

El cuarto tenía un aroma a humedad de moderado a intenso. A cualquier persona esto le parecería una tontería, pero en la repartición de alergias a mí me tocó “alergia a la humedad”, por lo que el olor me provocaba un cierto goteo nasal. Un cartel, igual al que vi en el lobby, me produjo angustia: “Prohibido fumar en espacios públicos. Ley del xx de enero de 2008”.

Y es que, basta que te digan que algo está prohibido para que te den ganas de hacerlo. Si prohibieran trabajar, seguramente la gente trabajaría más. En fin, pregunté y me dijeron que en la terraza se podía fumar. Problema resuelto. A las 3:00am, después del cigarro en la terraza, la cama King Size se insinuaba provocativamente y decidí entregarme, sin pudor, a su promesa de un sueño reparador.

A las 7:00am, después de soñar con panquecas voladoras, mi estómago comenzó a insultarme. Me levanté rápidamente y, con un turbo similar al del recepcionista del hotel, me fui al buffet más cercano. Debido a la extensión del hotel, éste quedaba a varias “cuadras llaneras”. El buffet estaba compuesto por huevo revuelto, salchichas, chorizo, mini pastelitos, carimañolas (bollitos de yuca rellenos de carne molida) y jamón con mantequilla -mucha mantequilla-. Había una estación de omelettes, una de panquecas y, para la gente que se engaña, una de frutas.

Confieso que, si bien la oferta era completa, sentía que le faltaba más. A pesar de mi pequeña decepción y de la cantidad de colesterol, mi plato se cubrió de comida en dos oportunidades. La dosis de proteínas fue suficiente para soportar hasta la noche. Para la cena se podía escoger entre una serie de restaurantes con reservación y el buffet. Saliendo de desayunar, reservamos en un restaurante de comida thai y nos fuimos a conocer el hotel.

La arena de la playa impecable. Sin embargo, me bañé acompañada de una serie de ramas y una que otra tapa, propia de los potes de jugo. Las 8 piscinas, también de un blanco impecable –razón por la que terminé con el pelo verde y el traje de baño transparente-, venían con todos los juguetes: chorritos, puentecitos, sillas, matas y bares.

Bares, muchos bares. Tanta caña y yo saliendo de una hepatitis. La lista de coctelitos “frozen” era interminable. Con ganas de tomármelos todos, mi hígado sólo me permitía colear un par de daiquirís de fresa entre Shirley Temple y Shirley Temple. A las 6:00pm terminamos de darle la vuelta completa al Decameron y emprendimos el viaje al restaurant “Mogo Mogo” –el thai en el que hicimos la reservación-

Con la frase “muero del hambre” escrita en la frente, me serví toda la variedad que había en el buffet. Roles de salmón, ceviche de corvina, ceviche de pulpo, ceviche de camarón, ceviche con frijoles, entre otros ceviches. Después de haber abusado del buffet, pedí un Churrasco de Corvina con curry y coco acompañado de vegetales. Si antes dije otra cosa, me retracto, pero definitivamente el mejor pescado que he probado hasta ahora es la Corvina. ¡Qué delicia!

Los días posteriores presentaron, más o menos, las mismas características. Todas las mañanas me comí exactamente el mismo desayuno. Queridos amigos panameños dos puntos ¿dónde quedó la variedad?, me tuvieron comiendo huevo y salchichas toda la semana -#chinazo, lo sé-. Y las tocinetas las escondieron hasta el último día. Yo jurando que en Panamá la tocineta estaba prohibida, pero no, ¡las tenían encaletadas! Por culpa de semejante egoísmo, tuve que comerme alrededor de un kilo de tocineta en un solo día para poder cubrir el déficit de los días anteriores.

Algo que no hice todos los días, gracias a la Santísima Trinidad, fue ir al canal de Panamá -fui sólo un día-. No con esto quiero decir que semejante obra de ingeniería no sea digna de visitar, pero pasar tres horas con un guía turístico viendo como los barcos pasan a través del mismo, no sólo carece de cualquier tipo de lógica, también carece de cuerpo que lo resista.

La vida nocturna del hotel era tan animada como ver un juego de ajedrez. Aún pienso que no estaban preparados para que a las 9 de la noche quedara alguien sobrio deambulando por ahí. Todos los bares cerraban a eso de las 8, excepto uno que se quedaba siempre lleno de venezolanos. De resto, las opciones eran: casino “too much tropical style” o discoteca “too much reggaetón style”.

Otra cosa que no hice todos los días fue asistir a la boda que motivó este viaje. Aunque todos los presentes hubiésemos querido que se repitiera infinitamente, dudo que a los novios, al bolsillo de los novios y al cura, les gustara mucho la idea. No voy a caer en muchos detalles, simplemente diré que la marcha nupcial fue sustituida por el tema principal de Star Wars y el Ave María por Highway to Hell de ACDC –en serio-.

De resto, una espectacular boda con una espectacular comida. En cada mesa, se dejaba admirar un menú con las diferentes opciones de entrada y principal, que incluía lo mejor de Panamá: pescados y mariscos. Yo tomé la excelente decisión de un coctel de camarones como entrada y un filete de pescado acompañado de un delicioso arroz con almendras como plato principal.

Lamentablemente, todos los viajes tienen un final, en caso contrario sería una mudanza. A pesar de mis quejas con los desayunos y la constante lluvia acompañada de vaporón con calor, me dio nostalgia tener que abandonar el hotel. Se estaba agotando el 33,33% maravilloso de cualquier viaje… Aún queda un poquito más, pero eso ya es harina de otro post.

Una de las hermosas vistas del Decameron

Porque no hay mejor invitación que ir a La Yucca

Productos varios para la "panza" y la "comezón"

En pleno trabajo, el Canal de Panamá con dos barcos

Si tuviera un negocio de alquiler de carros este seguramente sería el nombre ganador

Altar de la boda en la que se sustituyó el Ave María por Highway to Hell

La papa em-panama-da (Parte I – Sopa)

31 jul

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La frase “viajar es un placer” ha sido ampliamente utilizada desde épocas inmemoriales. Hoy en día nadie pone en duda su veracidad. Sin embargo, desde mi punto de vista, el uso de esta frase debería ser penado por la ley y, en consecuencia, eliminado completamente de nuestro vocabulario. Para defender mi posición, es necesario descomponer la acción “viajar” en cada una de sus partes: viajar al destino, estar en el destino y regresar del destino.

En cada una de estas etapas, el placer no es precisamente la sensación que nos invade. De hecho, me atrevo a decir que la única parte placentera es la que corresponde a “estar en el destino”. De esta forma, la frase se transforma en “viajar es un 33.33% placentero”. Ya que los ejemplos facilitan el aprendizaje, utilizaré mi reciente viaje a Panamá como caso de estudio.

El miércoles me levanté a las 7 de la madrugada preparada para hacer la maleta, que en unas horas estaría volando rumbo a Panamá en un avión de Rutas Aéreas Venezolanas –sí, esa aerolínea existe-. La mañana transcurrió en una lucha contra la compulsión de llevarme hasta el abrigo de invierno -porque uno nunca sabe- y la necesidad de montarme en el Orbitrek, como parte de la preparación física necesaria para comer en grandes cantidades cuando llegara a Panamá.

A las 3:30pm mi maleta, llena de una considerable cantidad de “uno nunca sabe”, hacía la cola de chequeo en el counter de la aerolínea. Sentada sobre mi maleta, esperé que algún alma caritativa nos hiciera el grandísimo favor de chequearnos. El tiempo que esperé en la cola era proporcional a la cantidad de artículos que llevaba en la maleta. Finalmente, llegó mi turno.

Detrás del mostrador se disponían tres personas separadas por unos 30cm de distancia que, entre ellos, se hacían llamar “taquillas”. Cabe destacar que, a pesar del incremento observado a escala mundial en el uso de nuevas tecnologías, esta gente se niega a utilizar cualquier tipo de aparato electrónico incluyendo calculadoras, computadoras, puntos de venta, teléfonos, entre otros.

¡Por los clavos de Cristo y la tumba de Michael Jackson, hasta el perrero del CADA de Las Mercedes tiene punto de venta! Lo que no me explico es si este tipo de práctica se deba a la reciente restricción de consumo eléctrico o sea el resultado de mantenerse fiel al uso de las tablas de multiplicar de los cuadernos Caribe, los ábacos y los lápices Mongol número 2.

El representante de la “taquilla 1” recibió mi maleta y tras varios intentos frustrados de engrapar el ticket de equipaje en el boleto, me lo entregó diciendo: “es mejor que lo lleve en su cartera para que no se le pierda”. Seguidamente, saqué el dinero para cancelar el impuesto de salida. El señor de la “taquilla 1″ me indicó que el dinero debía entregárselo al compatriota de la “taquilla 2″. Haciendo un esfuerzo heroico, me moví 30cm a mi izquierda (donde estaba ubicada la siguiente taquilla) y le entregué el dinero al sujeto en cuestión.

Mientras caminaba hacia inmigración, me preparaba psicológicamente para el “streaptease time” requerido para pasar por el detector de metales. Mi show fue súper completo y terminé quitándome hasta las amalgamas. En ese momento, se me ocurrió que el detector de metales sería más simpático, si se sustituyera la molesta alarma por una voz que dijera “que se lo quite, que se lo quite”. Luego de los aplausos, me vestí y pasé a la cola para que me sellaran el pasaporte.

Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que viajan a Panamá. Con esa frase en mente entré al Duty Free. Con toda la calma que NO me caracteriza, comencé a recorrer el aeropuerto. Casi muero –no sé si cristianamente- cuando leí en la puerta de un local la frase Smoking Lounge. De forma similar, casi muero cuando me enteré que había que pagar para entrar. ¡Qué falta de consideración! ¡Usureros! ¡Abusadores! ¿No es suficiente que Bigott se enriquezca con el deterioro de mis pulmones?

Pero como buena venezolana, me coleé y fumé. Por cierto, espectacular el “fumadero”, tenía unos extractores súper chic llamados “papeleras de humo”, que permitían verle la cara a la gente y no tropezar con las mesas y sillas. Confieso que el sitio era hasta agradable, por lo que regresé un par de veces más, mientras esperaba que mi vuelo, extrañamente retrasado, saliera.

Esperé tanto que, a veces, se me olvidaba por qué estaba esperando. Primero esperé por el avión, luego esperé por la tripulación, después esperé porque esperar es parte del protocolo. Con sobredosis de “esperar” le pregunté a un representante de la aerolínea por qué seguíamos esperando. Su respuesta fue de campeonato: “Ya no es el avión que ya lo tenemos, ahora es el guardia nacional que debe revisar las maletas, ¿dónde lo hallaremos?”

Según cuentos de camino, es necesario que un guardia nacional revise el equipaje antes de abordar y, al parecer, todos los guardias nacionales del aeropuerto, el mundo y sus alrededores, cenan entre 7 y 9pm –horario en el que debía salir el avión-. A las 9pm, el guardia nacional hizo acto de presencia. Las ganas de escupirle, no uno sino los dos ojos y darle cachetadas hasta que me doliera la mano, se desvanecieron por el simple hecho de saber que ya me iba a poder montar en el avión, reclinar mi asiento y dormir placenteramente hasta llegar a Panamá.

Un autobús nos llevó hasta el avión y comenzamos a abordar. Me tocaba sentarme en el pasillo, pero un HDP vestido de buen samaritano me dijo “si quieres te cambio la ventana por el pasillo”. Inmediatamente, dije sí. Me senté en la flamante “butaca de la ventana” y comencé a buscar desesperadamente el botón para reclinar el asiento. El “buen samaritano” dormía plácidamente en su butaca completamente reclinada.

Me di la vuelta y le pregunté al tipo de atrás si sabía en dónde estaba el botón. Su respuesta taladró mi cerebro por unos minutos: “ese asiento no se reclina porque está delante de la salida de emergencia”. Me arrepentí de no haberle escupido el ojo al guardia (aunque no tenía nada que ver, hubiese sido una buena terapia anti estrés). Las dos horas de vuelo sirvieron para mantener mi columna recta y como tratamiento de ortodoncia, gracias al asiento reclinado del que iba adelante.

Llegamos a Panamá a las 11:30pm GMT -5 y a las 12:30am nos recogió el autobús del Royal Decameron. El hotel queda a dos horas del aeropuerto y en el camino lo único que se ve es monte –y creo que culebras, pero no las vi porque era de noche-. El autobús nos dejó en el hotel a las 2:30am. Con el estómago pegado del espinazo y rasgándome las vestiduras del hambre, me arrepentí de no haberme comido el precario pan con queso del avión. A esa hora en el hotel, ni los baños estaban abiertos.

Sin embargo, el recepcionista me indicó que al final del hotel había una discoteca que cerraba a las 3am donde podría tomarme algo. Dejamos las maletas en la habitación y emprendimos el viaje hacia la discoteca “La Candela”. Es importante destacar que el hotel tiene 2km de largo y, aún más importante, que mi habitación estaba en el extremo opuesto a la discoteca.

Como si me preparara para el Nike 10K, corrí hasta llegar a la discoteca. Ya estaban cerrando, por lo que le pedí al bartender que me diera 4 vasos de Coca-Cola light. En medio de una cantidad de adolescentes ligeramente embriagados y escuchando un reggaetón “a tres tablas”, me senté en un muro con mis cuatro vasos y mi caja de cigarros. Así comenzaba mi verdadera parte placentera, mi 33.33%.

Mapa del hotel Royal Decameron en Panamá

Mapa del hotel Royal Decameron en Panamá

Ni con cholas ni con toalla

18 jul

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Entre los venezolanos es común, independientemente de la raza, el sexo y la religión, omitir la pronunciación de la letra ‘d’ en la mayoría de las palabras que terminan en ado, edo, ido y udo. De esta forma, palabras como: cansado, helado, peludo y pescado, se pronuncian cansao, helao, peluo y pescao. Es más, su correcta pronunciación puede ser vista como un símbolo de sifrinería o poca hombría.

Este tipo de deformación es común al hablar, pero su incorrecta escritura no es bien vista. Sin embargo, si reciben una invitación a un restaurante de nombre Pescao, les aconsejo que no salgan corriendo a buscar las cholas, el traje de baño y la toalla, pues este local no queda a la orilla de una playa en La Guaira ni su especialidad es pescao frito con arroz y tajaa’.

Prepárense para un estilo lounge y relajado, con varios ambientes y buena música, donde podrán degustar una selección de platos de la cocina oriental, que incluye: roles, pescados, mariscos, carnes y aves. La propuesta es amplia y variada, y los precios son adecuados a la calidad de los ingredientes y el tamaño de las raciones.

A pesar de que el local abrió sus puertas hace un año, no fue hasta la semana pasada que decidí visitarlo. Mi problema: no me gusta comer carbohidratos en la noche. Para los poco entendidos en materia de nutrición, carbohidrato no es el nombre de un plato ni de un ingrediente. Los carbohidratos son nutrientes que se encuentran en los alimentos, al igual que las grasas y las proteínas. En particular, el arroz está compuesto, casi en su mayoría, por carbohidratos. –Este espacio cultural fue patrocinado por La Papa Caliente-.

Apartando el sashimi, un par de entradas, sopas y ensaladas, el resto del menú de un restaurante japonés se caracteriza por frases como “…de arroz”, “…con arroz” y “arroz con…” (no incluye arroz con leche)  De hecho, he llegado a preguntarme si no serán culpables de la escasez de arroz. En fin, el tema es que, ante la pregunta “¿quieres comer sushi?”, la respuesta automática era un sólido “NO”.

Sin embargo, después de ver el menú en su página web (www.pescao.com.ve) decidí arriesgarme. Llegamos y el local estaba a punto de cerrar, nos sentamos en el área que está al aire libre y esperamos a ser atendidos. Mientras esperábamos, reinicié varias veces mi teléfono, escribí un par de tweets,  fui al baño, regresé, conversé, estornudé y me cansé.

Cuando menos lo esperaba, se acercó muy amablemente un mesonero, tomó nuestra orden de bebidas y nos entregó el menú. Me tomé mi tiempo para decidir. Por primera vez tenía una variedad de opciones para escoger, sin que ello implicara toneladas de arroz paseándose por mi plato y sucesivamente por mi organismo.

Llena de emoción, traté de reducir el número de opciones e hice “zapatico cochinito” con: pollo al curry con leche de coco, salmón marinado en miso con espinaca salteada y brotes de soja y con el que resultó ganador, pescado blanco con curry amarillo, leche de coco y langostinos con vegetales salteados. Mi acompañante se paseó por la lista de roles y, por sugerencia del mesonero, ordenó un Roll Sorpresa (anguila rostizada, cangrejo empanizado, salmon crunch, queso crema, topping de salmón ahumado y salsa suprema)

La comida llegó relativamente rápido en una presentación impecable. El olor del curry combinado con la leche de coco me hizo cerrar los ojos para disfrutar de mi olfato. Primer bocado, múltiples exclamaciones: “suculento”, “exquisito”, “divino”. La mezcla de sabores y texturas era perfecta. Los vegetales, sencillos con un toque de soya, pero en el punto exacto de cocción y sazón.

Embelesada con los roles, sentí la necesidad de probarlos. A pesar de que los esperábamos tempurizados (error nuestro) y de mayor tamaño (por estar velando los roles de nuestros vecinos de mesa), tenían un sabor especial e interesante. No faltaban ni sobraban ingredientes.

La comida estaba realmente deliciosa, el ambiente muy agradable y aunque la comida la trajeron con rapidez, el servicio fue un poco descuidado. Si bien el mesonero que nos atendió era muy amable y educado, la atención fue tan buena como esporádica.

Finalmente, el elemento ganador de Pescao, desde mi punto de vista, es la variedad del menú. Y si a esto le agregamos que la comida es buena, obtenemos una excelente opción de comida japonesa (que no excluye a los que no comen arroz). Y recuerden que, aunque su nombre suene a playa de Macuto, aquí no se va en cholas “I Love Margarita”.

Anécdota personal. Hace cierto tiempo, en medio de un juego de scrabble, tuve que buscar el diccionario para mostrarle a uno de los jugadores, que la palabra deo no existe.

Aunque no esté de moda

12 jul

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Los grandes eventos se prestan para grandes historias. Nos gusta leer, escuchar y hablar sobre cosas extraordinarias, impresionantes y excepcionales. Lo cierto es que nuestra vida no es tan sensacional –pregúntenle a Daniel Sarcos si tienen dudas-. Posiblemente por esa razón –y por flojera de los que escriben- no encontramos muchos relatos sobre la gente común y la cotidianidad.

Esta particularidad se extiende al mundo de la gastronomía. Es usual conseguir reseñas sobre restaurantes nuevos, dirigidos por reconocidos chefs o que ofrecen platos exóticos y elaborados. También leemos con frecuencia, artículos que resaltan la hermosa decoración de algunos locales, el excelente servicio o la inclusión de nuevos platillos en el menú.

En este post no hablaré de ningún evento épico, ni de la apertura de un nuevo restaurant. Tampoco haré referencia a platos complicados o con ingredientes cuyos nombres generan un “la tuya, por si acaso”. Por el contrario, hablaré de un rinconcito en Las Mercedes, olvidado por algunos pero considerado por otros, como una excelente opción para salir de la rutina y comer sabroso.

Si el francés es tu lengua materna, llámalo Jardín des Crêpes. En caso contrario, evita pasar pena y llámalo El Jardín de las Crepes (se pronuncia creps). Su nombre puede dar la sensación de raciones pequeñas y precios elevados, pero no te dejes llevar por tu poco dominio del francés (si este es tu caso), ninguna de las dos características ocurren al mismo tiempo en este lugar.

Jardín des Crêpes viene en una presentación “terraza-romántica” e incluye mesa con velitas, ambiente acogedor, música suave y maticas decorativas. La cuidadosa mezcla de estos ingredientes, produce una atmósfera agradable y relajada. Su propuesta está enmarcada dentro de la cocina francesa, en donde las crepes tienen un lugar especial –y casi único-.

En efecto, si estás pensando en comer algo distinto a una crepe, este no apunta a ser el lugar adecuado. Aquí hay que ir con ganas de comer crepes. Quizás viendo el menú te provoque otra cosa, pero eso es harina de otro costal. En este costal el menú está conformado por unas pocas entradas, cuatro o cinco opciones de carnes y aves, y una interminable y apetecible lista de crepes saladas. Si piensas que vas a salir de aquí con una sobredosis de crepes, es posible.

Un plato de entrada que me encanta de este sitio es el bisque de langosta, sencillamente delicioso. Otra opción más simple, pero muy bien preparada, es la ensalada César. La oferta de crepes es amplia y variada, aunque recomiendo la crêpe de lomito con cebolla. Si quieres evitar el tema de las crepes, por aquello de los carbohidratos, el menú de carnes y aves es limitadísimo pero cumplidor. El pollo silvestre y el lomito a la pimienta son mis primeras opciones. En cuanto a los postres, la crêpe suzette y la crêpe con nutella y fresas son mis preferidos.

El servicio tiene sus días, a veces te atienden como un rey y otras simplemente no te atienden. Sin embargo, quiero resaltar que cuando lo hacen, lo hacen muy bien. La última vez que fui tenían problemas con el personal. Uno de los mesoneros estaba de cumpleaños y, al parecer, nadie le dijo que los cumpleañeros también trabajan.

La ausencia de nuestro querido cumpleañero desestabilizó el funcionamiento del local. El juego con el equipo incompleto se tradujo en un mayor tiempo de espera y en la privación de los pancitos con crema. Dado que los pancitos son muy buenos, me despojé de la pena que me daba pedir el pan (oh por Dios, que falta de glamour), llamé al mesonero y con voz de mosquita muerta le dije: “ay señor, ¿ya no tienen esas tostaditas con cremita tan ricas que traían antes?”

Aquél pobre hombre casi muere de un infarto al miocardio y debo confesar que por su edad, las probabilidades eran altas. Sin encontrar cómo disculparse ante semejante falta, nos trajo un rascacielos de pancitos acompañado de un balde de crema. Al parecer esto no fue suficiente para expiar su culpa, por lo que nos ofreció la receta original de la crema. Ojalá la próxima vez que vaya se les olvide llevar el pan a la mesa. De resto, nuestra velada fue muy agradable.

Por último, los mitos y leyendas sobre este local cuentan que los cocteles son muy buenos, en particular uno llamado “insólito”. Yo no creo en brujas, pero de que vuelan, vuelan.

A pesar de que el menú no ha cambiado, por lo menos desde que visito este restaurant, la propuesta sigue siendo buena y los precios adecuados a la calidad de la comida y a la cantidad de las raciones. ¿Cómo son las raciones? Sólo les digo que yo quedé satisfecha, y si leyeron los post anteriores, recordarán que tengo un estómago que está en constante expansión.

La moraleja de esta historia es que muchas veces, buscando nuevas opciones, nos olvidamos de restaurantes con años de experiencia y tradición, que se mantienen impecables, ofreciendo una excelente comida y un agradable ambiente. Pero “pare de sufrir”, aquí estoy yo para recordarte lo mejor y lo peor de cada uno de ellos.



Poquito porque es bendito

8 jul

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Actualmente, los términos fusión, ecléctico y gourmet son utilizados con frecuencia para describir las nuevas propuestas gastronómicas de la ciudad. A su vez, la lista de restaurantes de cocina mediterránea e internacional es cada vez más larga. Atrás quedaron los días de las tascas adornadas con piernas de jamón serrano. La decoración de los nuevos locales apunta a un estilo moderno y vanguardista, caracterizada por su simplicidad y sencillez.

Tampoco encaja dentro de estas nuevas tendencias, aquella sensación de complicidad con Javier, Antonio, Ulises o Vittorio –los mesoneros- y, en consecuencia, tampoco son entendidas frases como “tráeme lo de siempre”. Hoy en día, la elegancia se confunde con distancia, y la poca experiencia de muchos mesoneros nos hace añorar los tiempos de Javier, Antonio, Ulises y Vittorio –para los que tienen problemas de memoria a corto plazo, estos son los mesoneros-

Sin embargo, la innovación y creatividad presentes en la mayoría de estas propuestas, han abierto un abanico de posibilidades para aquellos que disfrutan el placer de comer. Los platos que combinan sabores dulces y salados se ponen de moda, y no me extrañaría llegar un día a Los Hermanos Riviera y comerme un pollo en brasa en “una espectacular salsa de chocolate” o “una deliciosa salsa espesa de papelón”.

Ahora bien, hay varias características de estos nuevos recintos gastronómicos que no termino de entender. Muchas veces, pensando en la gente que frecuenta estos sitios, me repito una y otra vez con cara de reproche “esta gente sabe algo que yo no sé”. En un intento por volver a conciliar el sueño, comencé a buscar en Internet los términos culinarios en boga, con la esperanza de comprender lo incomprensible.

Después de revisar diversas fuentes de información como libros, revistas, periódicos, folletos, videos, series de televisión, infografías, banco de imágenes, comprobantes de depósitos bancarios, servilletas abandonadas y rollos de papel toilette, lo cierto es que aún no consigo las palabras “pequeño”, ”reducido” o “escaso” en ninguna de las definiciones que encontré.

Todavía mi duda se mantiene intacta y he concluido que no hay tal cosa como “esa gente que sabe algo que yo no sé” sino tres grupos claramente definidos: “esa gente que tiene algo que yo no tengo: un estómago de dimensiones reducidas”, “esa gente que se las trata de tirar de exótica” y “esa gente que está a dieta”.

Si hay dos cosas que me caracterizan, esas son: el hoyo negro ubicado al final de mi estómago y la sinceridad al momento de comer. Por ende, si tuviera que ubicarme en uno de los tres grupos que mencioné en el párrafo anterior, éste sería el tercero –el de los locotes que hacen dieta-. Sin embargo, cuando voy a comer a un restaurante, la dieta se queda en casa descansando del trajín de la semana.

Libre del yugo de las restricciones alimenticias, la felicidad se desvanece en un santiamén, al darme cuenta de que he quedado despojada de cualquier atributo que me permita asistir a tan renombrados locales de comida. Por esta razón, las veces que he ido a este tipo de restaurantes ha sido gracias a mi disfraz “yo si soy exótica, ¿y qué?” –no tienen idea de lo convincente que puedo llegar a ser- y a la repetición del mantra sagrado “siempre habrá una arepa de pernil con reina pepeada que llene los espacios vacíos”.

Disfrazada y repitiendo el mantra, me fui al piso 5 del Centro Comercial El Tolón. La mezcla de aromas que invade cada rincón de este santuario gastronómico es deliciosa. Es por ello que les recomiendo conservar la calma, dar una vuelta de reconocimiento, observar con detenimiento la carta de cada uno de los restaurantes y después tomar una decisión. El hambre y la falta de determinación pueden sentarte en la mesa de un restaurante, que no sabes ni cómo se llama ni cuál es su especialidad.

Ese día dimos varias vueltas de reconocimiento, nos aprendimos al caletre el menú de todos los locales e hicimos versos con cada uno de sus nombres. Nos llamó la atención un local situado en la terraza, su nombre: Arisa. Luego de leer el gigantesco menú que tienen en la puerta decidimos entrar.

El sitio estaba atestado de gente, por lo que nos tocó sentamos temporalmente en la barra. El ambiente, la vista y una agradable Bossa Nova de fondo me permitieron perdonar la ausencia de una mesa y disfrutar de un Cosmopolitan. Después de un rato –de esos que se cuentan en fracciones de media hora-, nos pasaron a la mesa.

Bajo la escasa luz de una vela, revisé detenidamente el menú. Destacaban el ceviche y una variedad de risottos, pastas y ensaladas. La oferta también incluía fosforera, causa limeña, pollo en salsa de coco y una selección de carnes. Nuestra orden: un centro de lomito con espárragoS y unos ñoquis de plátano.

Mientras esperábamos, trajeron lo que en cualquier otro restaurante hace las veces de “pan”: una diminuta muestra de 3 grissinis (señoritas). Por un momento sentí que estaba en uno de esos kioskos que montan en los supermercados, con la finalidad de que pruebes el producto y después lo compres. Con ganas de decirle al mesonero “si me gustaron, puede traer el resto”, comencé a pensar en el futuro de mi centro de lomito.

De reojo vi al mesonero acercarse con dos platos de enormes proporciones. Aquella vista borró momentáneamente mis temores e hizo que olvidara la arepa de pernil y el mal concepto que me había formado de este tipo de restaurantes. Sin embargo, cuando el mesonero colocó los platos sobre la mesa, la imagen de la arepa cobró fuerza nuevamente. Mi cara seguramente delató una expresión de “tú me estás jodiendo”.

En el medio de aquella planicie de cerámica blanca, alfombrada con unas finas líneas de salsa “npi”, llegó mi centro de lomito. La literalidad del plato era asombrosa, mi centro de lomito era realmente eso: el centro de un lomito, es decir, tomaron el lomito, le quitaron el centro y eso fue lo que sirvieron. El boceto venía acompañado de un espárrago -nótese la ausencia de la S al final de la palabra espárrago-, que para dar la impresión de cantidad, estaba picado en dos. Se me olvidaba, el espárrago venía decorado con un palito de zanahoria –que lindo detalle-.

En cuanto al plato de ñoquis, el error estuvo en no haber incluido, como parte de la cubertería, una lupa. Kilómetros de área de plato rodeaban un total de 12 mini ñoquis. Aquello era una burla, me provocaba pararme y gritar hasta quedar afónica “yo no vine aquí a comer plato”. Sentí que al pagar la cuenta, no estaba pagando por la comida sino por el alquiler de los utensilios utilizados.

Después de esta experiencia, comer en un restaurante que presuma de ser gourmet, mediterráneo, internacional o fusión, me da pánico. Queridos dueños de restaurantes, chefs ejecutivos, jefes de cocina, sous-chef, cocineros, ayudantes, marmitones, socios y familiares: es cierto que disfrutamos de nuevos sabores y combinaciones, que las decoraciones de los platos son espectaculares, que ya no está de moda el plato “camionero style” y que la creatividad que los caracteriza nos ha permitido sentirnos en el cielo con un sólo bocado.

Sin embargo, me gustaría que tomaran en consideración otras cosas que son igualmente ciertas. Primero, la gente come porque, entre otras cosas, tiene hambre. Permítanle a su distinguido invitado llevarse un recuerdo que supere la barrera de las muelas –o plancha, si no tiene muelas-. Segundo, dado que se han empeñado en servir la comida, en una especie de versión “pasapalo style”, y ya que no existe un premio para el restaurante con el plato más grande, ahórrenle al cliente la sensación de que necesita lentes de aumento. Tercero, los felicito por el esfuerzo que ponen en la decoración de cada plato, pero nuevamente, no hagan que el comensal sienta que su comida sólo sirve para tomarle fotos. Y por último, busquen a Javier, Antonio, Ulises o Vittorio.

Call of Duty: Tibidabo Operation

5 jul

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En Venezuela, muchas empresas trabajan arduamente para ofrecer un servicio digno de recordar. Las numerosas cartas al correo del pueblo, así como los buenos deseos que se envían a diario a la cuenta de twitter #PesimoServicio, así lo demuestran. Esta complicada tarea es llevada a cabo día a día en numerosos cines, bancos, supermercados, restaurantes, solo por mencionar algunos. Y ni hablar del maravilloso esfuerzo que se realiza en cualquier instancia gubernamental.

A su vez, los avances tecnológicos han permitido llevar esta experiencia a los servicios telefónicos y electrónicos. En fin, dejando a un lado las ironías, la realidad es que siempre nos quejamos de la poca (o nula) cultura de servicio que caracteriza a diversas empresas del sector.

La literatura sobre el tema y los diferentes casos de negocio, demuestran de forma contundente que la clave del éxito es ofrecer un buen servicio. A veces me pregunto si esto no es obvio, solo para responderme “mira, pareciera que no…”.

Como si los objetivos estratégicos fueran la quiebra y el incremento en el porcentaje de quejas, éstas empresas se empeñan en ofrecer un servicio paupérrimo. Una de las habilidades que han desarrollado, es hacerle sentir al cliente que la empresa le está haciendo un favor de inmensas proporciones.

Si no me creen, tomen el teléfono y llamen a cualquier Call Center. Pasados unos minutos, la sensación de que llamaron a una casa de familia a las 3 de la mañana se apoderará de ustedes, para luego dar paso a unas increíbles ganas de lanzar repetidas veces el teléfono contra el piso (no realicen este ejercicio si sufren de hipertensión o problemas cardíacos).

En los restaurantes la situación es similar, con la única diferencia de que uno tiene hambre. Esa pequeña diferencia es la que los hace merecedores de los peores improperios, insultos y mentadas de madre, por parte de cualquier comensal que haya experimentado una violación a su derecho de comer en paz –sobre todo cuando está pagando por eso-

Desde el instante en que el zapato (o la chola) entra en contacto con la zona “dentro del restaurant”, uno queda expuesto a los embates del azar y a la posibilidad de enfrentarse a una serie de adversidades. La situación se asemeja a un juego de video, en el que es necesario superar un conjunto de obstáculos para pasar al siguiente nivel.

Años de experiencia me han permitido identificar un conjunto de niveles. El primer nivel está conformado por el recibimiento, la ubicación en la mesa y la entrega del menú. Para superarlo, es necesario tener el arma “paciencia”. En efecto, sin este armamento es casi imposible llegar al final del juego.

Una vez que te entregan el menú pasas el segundo nivel. Aquí ocurren varios enfrentamientos: ordenar las bebidas (utiliza el arma “repetir 10 veces la orden” si vas a pedir algo light), recibir las bebidas (a veces es necesario intercambiar con el compañero debido a entrega de la bebida incorrecta) y ordenar la comida (usa el arma “repetir 10 veces la orden” si pides el plato con alguna variación y si te arriesgas a ordenar algo que no está en el menú, aplica el escudo “hacer que el mesonero repita la orden”).

¡Enhorabuena! Acabas de pasar al tercer nivel. El primer reto que debes superar es esperar la comida, te aconsejo que recargues y utilices el arma “paciencia”. En este punto del juego hay que ser cauteloso con el uso del poder “cara de culo”. Si no se administra bien, es posible que la comida llegue con ingredientes tóxicos adicionales. El otro reto se inicia con la entrega de la comida y es posible que necesites usar la acción “devolver esta porquería”, en cuyo caso pasa al siguiente nivel y no aceptes el ofrecimiento “volver a empezar”.

Si superaste los desafíos anteriores, ¡felicitaciones! has llegado al cuarto y último nivel: pedir la cuenta y pagar. Aquí el reto es más sencillo y sólo necesitas dos armas. Si supiste administrar bien “paciencia” esto es pan comido. En caso contrario, prepárate para usar todo lo que te quedó de “cara de culo”. Es posible que te encuentres con retos adicionales, por ejemplo: errores en la cuenta. En ese caso, puedes usar acciones como “golpear” (presiona repetidas veces el botón) o “insultar” (deja el botón presionado por varios minutos).

Visto de esta forma, cada restaurant es un juego nuevo. Algunos juegos pueden ser similares a Mortal Kombat o Counter Strike, por lo que es indispensable tener todas las armas. Otros son más parecidos a The Sims y requieren el uso de armas o poderes especiales (son escasos, pero los hay). Finalmente, hay juegos de dificultad excepcional que no te permiten pasar del primer nivel.

Hace un par de meses, aburrida de los mismos videojuegos, decidí jugar “Tibidabo”. Las referencias eran muy buenas. Desesperada por pasar al tercer nivel y comerme un fideuá catalán o un delicioso lechón asado, me di cuenta que este era uno de esos juegos full complicados. Con el zapato puesto en el área “dentro del restaurant” y al mejor estilo Linda Blair en el exorcista, mi cabeza giraba en busca de alguien que me atendiera.

Después de esperar durante un rato que algún alma caritativa se acercara, concluí que el recibimiento y la ubicación en la mesa no eran parte de este juego. Armada de “paciencia” busqué una mesa. Nuevos obstáculos se avecinaban, todas las mesas desocupadas estaban sucias. Como yo soy perseverante no me importó y me senté en la primera que me pareció estaba menos sucia.

Raaaaaato más tarde y con la paciencia en rojo, se acercó el alma -no tan caritativa-, quién nos entregó el menú, tomó el pedido de bebidas y se marchó. Esto sucedió con tal rapidez que no tuve tiempo de usar ningún arma, escudo o poder. La espera fue tan prolongada que me preocupé de haberme perdido las festividades navideñas con mi familia. Frustrada y con hambre, empecé a consumir las reservas de “paciencia”. Finalmente, se agotaron todas mis armas y en la pantalla de mis pensamientos lo único que apareció fue la palabra “game over”.

Increíblemente nunca pude pasar del primer nivel… Dejando a un lado la metáfora del juego, lo que me había pasado era una muestra de ese esfuerzo espectacular que algunas empresas hacen por prestar un servicio de pésima calidad. Imposible comentarles sobre la comida, no tuve oportunidad de probarla. Quizás la próxima vez me hagan el grandísimo favor de atenderme. Ya les contaré si me provoca volver a jugar ese juego.

Teorema de las opciones limitadas

2 jul

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Sea “x = un día cualquiera”, “y = cantidad de dinero disponible” y “z = número de opciones de entretenimiento que ofrece la ciudad de Caracas”. Se ha demostrado que, para cualquier x, z es directamente proporcional a y. Es decir, cantidades mayores de dinero producen mayor número de opciones y cantidades menores de dinero producen menor número de opciones. Simple lógica matemática.

De forma similar, se ha demostrado que el segundo caso (menores cantidades de y) tiende a presentarse con mayor frecuencia que el primer caso (cantidades mayores de y). Como a mi no me gusta desentonar, he preferido ubicarme en el segundo grupo (sólo por no desentonar). Luego, aplicando el teorema anterior, mi número de opciones de entretenimiento es un poco limitado.

Estas opciones pueden contarse con los dedos de la mano de un mocho y se resumen en las siguientes actividades, ordenadas de mayor a menor por cantidad de dinero necesario para llevarla a cabo: comer en un restaurant “gourmet” o “mediterráneo”, comer en un restaurant “distinto-fuera de lo común”, tomar whisky en un local nocturno, ir al teatro, tomar vodka en un local nocturno, ir al cine (VIP), “caerse a birras” en un local nocturno, ir al cine (General), comer en un local de comida rápida, comer en calle el hambre y caminar por El Hatillo (no incluye comida ni bebida).

Cansada de realizar siempre las actividades mencionadas al final de la lista, decidí vender mi bicicleta de Spinning, los libros de la universidad, el Discman y unos dólares que me “sobraron” del último viaje. Con semejante cantidad de dinero en mano, el abanico de opciones se ampliaba.

En un intento por ser prudente, me decidí por la actividad “comer en un restaurant ‘distinto-fuera de lo común’”. Corrí a buscar la Guía Gastronómica de Caracas, sólo para darme cuenta una vez más, que no sirve para nada. Entré a todas las páginas web de gastronomía que pude encontrar. Finalmente, algo llamó mi atención y recordé vagamente que una amiga, haciendo referencia al restaurante en cuestión, había mencionado las palabras “mucha” y “sabrosa”.

Con la emoción que me caracteriza cuando “comida”, “mucha” y “sabrosa” se combinan, emprendí mi viaje, armada y peligrosa con mi estómago completamente vacío. Ese fue el primer error de una serie de errores.

Ubicado en la Avenida Neverí, Quinta Maporal, Colinas de Bello Monte, se encuentra La Asociación Cultural Siciliana. Un restaurant que, para sorpresa de muchos, sirve comida italiana. Su dirección es tan complicada como su nombre, por lo que la experiencia dejó de llamarse “almuerzo” para convertirse en “cena” y no precisamente por gusto.

El conocimiento innecesario que tengo hoy en día sobre la urbanización Bello Monte y la cara de jugador brasilero (especialmente a la de Elano), podrían haberse evitado si tan solo en la dirección hubiesen colocado “amigo comensal que no conoce Bello Monte como la palma de su mano, estamos a una cuadra de la morgue”. La casa de rejas marrones, sin nombre ni perro que le ladre, me hacía sentir que estaba a punto de entrar a un casino clandestino de chinos.

El segundo piso de la casa es el que te da una idea de que no estás en el casino. Sin embargo, la sensación no es la de “estoy en un restaurant”, ésta se acerca más a “estoy en el comedor de la casa de la nonna”. Con una decoración muy sencilla y unas pocas mesas comienza el evento. El menú es, según cuenta la leyenda, “dirigido”. Lo cierto es que, algunos ven el menú y otros no. Yo no formé parte del privilegiado grupo que vio el menú.

El mecanismo es un tanto complicado, uno no sabe muy bien ni de dónde viene ni a dónde va. A la mesa llegó muy amable la dueña de la casa-restaurant, quién nos ofreció una serie de opciones a escoger como primer plato. Pedimos una Caponatta y un Carpaccio de Lomito.

La comida estaba excelente, en particular el Carpaccio. Las lonjas de lomito no eran tan delgadas como de costumbre, lo que permitía apreciar su envidiable suavidad y calidad. A la entrada le siguió la recomendación del plato “impelable”: la sasizza, que citando a Miro Popic “es una preparación con carne de res, de cerdo, queso pecorino y peperoncino”. Mi opinión: una salchicha con un toque picantón, nada del otro mundo.

Con otra buena dosis de amabilidad nos ofrecieron el siguiente plato. La sensación de “esto es una bacanal” nos produjo dos reacciones: salivación y preocupación. La primera era consecuencia natural de los hechos, la segunda de no saber si la venta de la bici, el discman y los dólares podían sustentar económicamente tal evento.

La oferta era básicamente pasta. Primero escogías la base de la salsa (tomate o crema) y luego los ingredientes adicionales (salmón, carne, champiñones). El juego con los ingredientes y las bases no era tan libre como el viento, ya que también había una cierta dirección. Optamos por una salsa cremosa intentando imitar una carbonara. El veredicto: la dirección fue acertada y tuvimos la oportunidad de saborear un espectacular plato de pasta.

Sin ánimos de caer en el absurdo pregunté “¿y no tienes otra cosa que no sea pasta?”. Una ceja arqueada delató que puse a la amable dueña en un tres y dos. Sin embargo, como hada madrina que cumple todos tus deseos, me trajo lo que todavía recuerdo como la mejor milanesa de lomito que he probado. El diámetro de tal maravilla superaba el del plato y su divorcio del cuchillo dio paso a un espectacular solo de tenedor.

Mi estómago había comenzado a enviar sutiles mensajes de llenura al cerebro. Sin embargo, la empresa que lleva a cabo el envío de correo en mi organismo tiene muchas similitudes con Ipostel, por lo que muchos mensajes se pierden y puede que no lleguen nunca a su destino. La ineficiencia del sistema me permitió llegar al postre.

La propuesta de postres era limitada pero cumplidora. La palabra “tiramisú” hizo que mis ojos se asemejaran a los de una caricatura japonesa. A la mesa llegó un envase plástico –conocido por muchos como tupperware- repleto de tiramisú. Vale acotar que el tamaño de semejante “pote”, era similar al que se usa para llevar toda la comida de un fin de semana playero.

Después de una guerra de cucharas sobre el envase, los mensajes comenzaron a llegar en masa a las puertas del cerebro. Había llegado el momento de ponerme la gorra bordada con la palabra “satisfacción”. Pedimos la cuenta y en minutos llegó a la mesa. Mas que la cuenta, lo que nos trajeron fue una poderosa goma Nata, capaz de borrarnos esa sonrisita de placer posterior a una buena comida.

Con cara de “¿se puede saber qué rompimos?” coloqué la tarjeta de crédito. Como el sonido de una vuvuzela, las palabras de la amable señora resonaron estridentes, antipáticas y ensordecedoras: “disculpe, pero aquí sólo aceptamos efectivo”. Inmediatamente contesté “¿CÓMO ES LA VAINA?”. Juro que si hubiese tenido una mandarria, no me hubiese temblado el pulso.

Y es que, habrase visto semejante muestra de tercermundismo tan bárbara. Por los clavos de Cristo, al menos pongan un papel en la entrada para que uno no tenga que irse con el plato de pasta, que ya iba por buen camino, en la tráquea.

Corriendo con una mezcla de sentimientos de pena y furia, retiramos el dinero del cajero y regresamos a cancelar la cuenta y recoger todas las pertenencias que habíamos dejado en garantía. Quemamos todas las calorías en menos de lo que canta un gallo, que poco nos duró aquella felicidad.

Ahora, si tengo que dar un veredicto final sería este: la comida es excelente y la atención puede llegar a ser empalagosamente amable. La sensación de que estás comiendo en casa puede llegar a ser exagerada, hasta el punto de no cambiarte nunca los cubiertos. Finalmente, el lugar es extremadamente costoso para su sencillez y con un mecanismo complicado y poco claro –los precios, hasta que te llega la cuenta, son un misterio-. Por tu show 3 estrellas (3/5), aunque con posibilidades de mejorar.

En fin, salir de la rutina y tirártelas de original en esta ciudad tiene su precio, pero de vez en cuando vale la pena…

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