La matemática de Le Coq D’or

Estafada, perturbada, burlada, son palabras que describen el sentimiento que ciertos eventos/situaciones/objetos pueden causar en cualquier persona, sobre todo si ésta tiene cierto conocimiento matemático y espacial. Olvídense de la NASA, estoy hablando del ciudadano promedio de este país, relativamente acostumbrado a eventos/situaciones/objetos asombrosos.

En el colegio, la universidad, el liceo o cualquier recinto educativo que se respete (que imparta clases de matemática), a los aprendices se les explica que x es inversamente proporcional y si, a medida que crece x decrece, en consecuencia, y. Es importante que se entienda esta propiedad pues ella explica lo que me ha venido pasando, con más frecuencia de la deseada, en Le Coq D’or.

Como yo soy bien pegada, me empeño en pedir, casi siempre, los mismos platos. Eso me da cierto “poder” histórico y analítico, de forma que puedo llevar tracking completo de la evolución -o involución en este caso- de los platos en cuestión. El registro incluye material fotográfico de comprobada veracidad.

El bendito problemita de Le Coq D’or es que, o aumentaron el tamaño de los platos, o redujeron considerablemente el tamaño de la porción. En particular, he venido llevando un registro exhaustivo sobre “el lomito tres salsas” (que ya no aparece en el menú, pero igual lo sirven).

Por allá por el año 2013, el plato consistía de tres poderosos medallones de lomito bañados en salsa bernesa, salsa de mostaza antigua y salsa de oporto. El precio en aquel año pudo haber sido de unos 250 Bs.

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Actualmente, da la impresión de que uno fue a Le Coq D’or a comer plato. El color blanco se apoderó del suculento manjar y no precisamente porque ahora sirvan lomito albino. Las dimensiones de los tres medallones no son capaces de llenar aquella llanura de cerámica, porcelana o cualquiera sea el material usado en la vajilla. Ahí es donde uno ve el plato y dice: “esto es un error de la matriz”.

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El problema se complica cuando además te tratan de cobrar la módica suma de 600 Bs. por aquellos canapés. En este punto, retomamos lo que aprendimos en el recinto escolar y entendemos finalmente lo que significa “inversamente proporcional”. Aquí la cosa es matemática simple y se dice así: A mayor precio, menos medallón y más metra.

Es cierto que la economía en este país -si existe tal cosa como esa- es paupérrima, pero cónfiro (por no decir coño) a mi no me invitaron a un matrimonio a comer pasapalos. Más respeto a los comensales, ar favor.

Aprende a cortar quesos #LikeABoss

Los quesos, dependiendo de su forma y tamaño, se cortan de manera distinta. Lo ideal es que al cortar un queso, se puedan probar todas sus partes.

Aquí les dejo una serie de imágenes #BienEducativas, para que aprendan a cortar quesos como Dios manda, es decir, #LikeABoss

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El Café del Establo – lo que la escasez se llevó

Hay una palabrita nefasta que ha venido convulsionado la cotidianidad del venezolano desde hace unos cuantos años. Es el mantra que se repite en cada supermercado, taller, casa, librería, bodega, farmacia, abasto, peluquería, ferretería y todo lo que termine en “ría”. La desgraciada se conoce en los bajos fondos de la RAE como “escasez”.

Como una enfermedad maligna, se ha ido metiendo sin prisa pero sin pausa en todos los ámbitos: material, espiritual, social. Si, y es que aquí no solo faltan la leche y la harina pan, también tenemos una fuerte escasez de educación, principios y valores. Sin embargo, la finalidad de este post no es deprimirlos ni recordar lo dañada que está nuestra sociedad, pero es menester quejarme y echarles un cuento de hambre en tiempos de escasez.

Por allá, por el año 2010, conocí El café del establo, un sitio que siempre tuve en mi TOP 5 de restaurantes (‘es mi lugar favorito pero voy a engordar demasiado’). En mi escala de clasificación, esos son los mejores. Son los restaurantes que siempre recuerdas pero casi nunca vas. Aquellos que le recomiendas a todo el mundo pero que tú llevas siglos sin ir, de vaina (no conseguí un buen sinónimo, me pareció demasiado nulo usar ‘carambola’, ‘broma’ o ‘chiripa’) sabes que aún existen (a veces ni siquiera sabes eso).

Y de repente llega un día súper x en el que, tratando de impresionar, llevas a alguien a comer a ese ‘lugar favorito’. Uno se la tira de gourmet, recomendando los platos que comiste hace casi un lustro. Uno si es inocente. Porque el problema es que uno jura que todo está igualito (como el cuartico de Panchito Riset). Sí, uno se hace la balurda ilusión de que la escasez y esas pistoladas no afectan a los restaurantes, como si quedaran en Suiza.

El problema de El café del establo es que la escasez los golpeó por varios flancos, pues hasta les quitó a los mesoneros la capacidad de comunicarse con los comensales. Como yo era una ‘experta’ en las especialidades del mentado establecimiento, no di mucho chance para ver el menú. Era obvio que teníamos que pedir el fondue de queso criollo y el plato de degustación mantuana.

El fondue de queso criollo está hecho a base de queso de mano, telita, llanero y guayanés; acompañado de arepitas fritas, cachapitas y mini bolitas de plátano . Si haces a un lado la imagen del montón de triglicéridos y colesterol viajando por tus arterias, aquello es mundial, es el cheat meal de tres sábados consecutivos (Dios no quiera que Sascha Fitness lea esto). Para muestra, una foto.

Fondue de queso - Café del establo

Antes de hablar del plato de degustación mantuana, considero relevante comentar que yo soñaba día y noche con este plato. Cuando hacía dieta, los antiguos espíritus del mal se apoderaban de mi cuerpo decadente, enviando mensajes oscuros con imágenes de los bollos pelones que componían esta degustación. Al ir al gimnasio -aquella época remota-, mi mente dibujaba ruedas de asado negro con arroz. No hubo un solo individuo conocido que dejase de escuchar lo maravillosa que era la polvorosa de pollo.

Dicho esto, procedo a explicar lo que en el 2010 era un plato de degustación mantuana en El café del establo: polvorosa de pollo, pastel de chucho, asado negro con arroz, chips de batata y 3 bollos pelones (cazón, pollo y carne). Todo en un solo plato. Importante destacar que los bollos pelones eran a base de plátano con un espectacular ‘tolete’ (porque pedazo se queda corto) de queso de mano como corona.

Año 2014. Escasez de harina pan, aceite, queso, papel toilette, educación, entre otros. La mesonera toma el pedido y sin decir ni ‘ñe’ se marcha. 15 minutos más tarde aparece el fondue. Cool, todo bien, llegaron las arepas, las cachapitas, las bolitas de plátano, todo estaba allí. Pasaron 5 minutos más y apareció un plato de dudosa reputación. Yo, arrecha (porque decir que estaba molesta no le haría justicia a mi estado de ánimo), vi a la mesonera con cara de ‘mijita… cómo te explico’. A lo que la susodicha respondió con un ‘ah, se me olvidó decirle que no hay bollos pelones y se lo reemplazamos por una mini cachapa’.

Yo, me reseteé. Se me formateó el disco duro. Hasta el día de hoy no he conseguido el insulto apropiado ni la grosería que relajaría mis músculos faciales ¿Mini cachapa dura y fría = 3 bollos pelones con tolete de queso? ¿En dónde le enseñaron a esta gente matemáticas? Por otra parte, si pudieron hacer el fondue de QUESO, si fueron capaces de  FREIR el arsenal de arepas, si lograron hacer bolitas de PLÁTANO, ¿cuál fue el ingrediente que faltó? ¿qué fue lo que la escasez se llevó?

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Yo no soy la misma desde aquel día. Aquel plato recordado con la emoción de un niño en navidad, se convirtió en mi peor pesadilla. Todo estaba frío. La RUEDA de asado se convirtió en una hilacha similar a unas sobras de carne mechada. Los chips de batata eran un arma blanca, no apta para personas con problemas dentales o planchas. Y la cachapa, ay la cachapa, era el peor insulto a cualquier alimento que se pueda preparar a base de maíz.

Perversa escasez, te llevaste mis bollos pelones, la mitad de mi asado negro, el calor de mi polvorosa de pollo, el crujir de mis chips de batata y el poder de comunicación de la mesonera que me atendió. Agradezco devolución inmediata.

 

TO DO: Comer en el Palms ☑ -historia de un recordatorio-

En esta ciudad (Caracas), una cantidad importante de locales cierran antes de que te hayas enterado de su fantasmagórica existencia. Hay otros cuyo nombre escuchaste pero que nunca tuviste la oportunidad, los reales o las ganas de visitar. También están aquellos que conociste pero que pasaron a mejor vida justo cuando les estabas agarrando cariño -caso L’Osteria, convertido en un Sport Bar Family Book Center-.

Finalmente, tenemos a los restaurantes que siempre estuvieron en tu lista de to do’s pero creíste que nunca llegarías a conocer. Para hacer la historia corta -Dios, nunca puedo hacer una historia corta-, el Palms entraría en este último grupo.

Hace sopotocientos millones de años escuché que Helena Ibarra estaba a cargo del restaurante Palms del Hotel Altamira Suites. Desde ese momento anoté en mi bloc de notas Caribe -olvídense de Moleskine, esa vaina no existía-: “Comer en el Palms”. Con el pasar del tiempo, el bloc fue víctima de rayones, manchas de café, quemaduras de cigarro y un sinfín de abusos, hasta que finalmente terminó en la basura y con él la lista de to do’s.

Recordatorio perdido, tarea olvidada.

Fue alrededor de agosto de 2013 cuando, dando vueltas por Altamira, el aviso medio luminoso del Hotel Altamira Suites me hizo recordar el bloc Caribe y el desvencijado item “Comer en el Palms”. 

La posibilidad de poner un check sobre la tarea me produjo un trastorno obsesivo-compulsivo y no pude pensar en otra cosa que no fuera entrar y finalmente tachar, al tan mentado establecimiento, de mi lista -aunque esta ya no existiera físicamente-.

Y así fue como terminé sentada en la terraza del Palms, al lado de la piscina y con un educado -pero no muy ducho- mesonero, preguntándome qué quería tomar. Me encantaría decir que me tomé una copa de vino o un campari con soda o cualquier cosa menos universitaria, pero la verdad es que me caí a cervezas. Lo siento. Hacía calor.

Con el menú en la mano, lo primero que noté es que los nombres de los platos eran tan originales como cursis. Demasiada creatividad para mi gusto.

De entrada pedimos unas empanadas de cazón, que ni en Cumaná y sus alrededores podrían hacerlas tan bien -me disculpan los cumaneses-. Doraditas, crujientes, con la cantidad exacta de relleno y el grosor perfecto. De revista. Las empanaditas vinieron acompañadas de tequeños rellenos de queso de cabra con sirope de papelón y unos topochos con ceviche de róbalo y salsa de cilantro.

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Después de sentir en vida la gloria divina, podía haberme ido sin patalear. Aún así -y full-, esperé con cierta ansiedad lo que venía. El hombrecillo educado se presentó con una combinación de punta y solomo con hilos de papa y un churrasco de mero con calamares, adornado con florecitas, hojitas y cositas varias. Suena tan cursi como el menú, pero la verdad es que la decoración del plato me pareció genial.

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Quise guardar espacio para el postre, pero muy a mi pesar no lo encontré. Esto es un tanto contradictorio pues he leído muchísimas reseñas quejándose del tamaño de las raciones. No sé si con el pasar de los años modificaron las cantidades o si la queja se debe a que a la gente le encanta meterse una Festal®-papa. A mi me pareció el sabor perfecto en el tamaño adecuado. Cabe destacar que después de esta vez he seguido visitando el lugar con los mismos resultados, por lo demás, satisfactorios.

Al igual que el tema de las raciones, he visto infinidad de comentarios con respecto a los altos precios. Y no es del todo falso, pero como no estás comiendo hamburguesita con queso y papas fritas, obviamente no encontrarás precios de McDonald’s -que ya no es tan barato-. Es más, hoy en día, cualquier taguara de esta ciudad llega a tener platos, de dudosa calidad, con precios más altos que el Palms.

Mi recomendación, buscar el chance, las ganas y los reales para que este sitio no se convierta en uno de esos restaurantes cuyo nombre escuchaste pero nunca visitaste.

Palms queda en la 1ra Av. con 1ra Transversal de Los Palos Grandes en la Planta Baja del Hotel Altamira Suites.

La peor primera vez se la tira de -la pequeña- suiza

No son muchas las opciones de comida Suiza en este país (Venezuela). Aquí lo que abunda son restaurantes italianos, españoles, chino – tropicalizado y japonés – tropicalizado. Cabe destacar que comer fondue (uno de los pocos platos que se sirven en estos restaurantes) no es precisamente popular entre los venezolanos e imagino las razones. La vaina es más un show de esgrima que una experiencia gastronómica. Para colmo, siempre hay un pendejo en la mesa que se empeña en agarrar tu pedazo de carne que, por lo general, es más grande que el de él.

Es menester mencionar que el fondue, particularmente el de carne, es un plato de precio elevado que, por lo demás, no cubre la demanda de estómagos con cierto metraje cuadrado. Lo anterior es interesante analizarlo tomando en consideración que usted se cocina su propia comida.

A pesar de las razones expuestas, el fondue – de queso, carne o chocolate- es uno de mis platos favoritos. Dicho esto, considero que no requiere mayor explicación mi -atropellada- visita al restaurante La Pequeña Suiza en El Hatillo.

El sitio lo descubrí gracias a que la Trattoria al Tatta, la cual no conozco, tiene un horario parecido al de la casa de mi abuela: se almuerza a las 12 y se cena a las 7, punto. En fin, después de haber parado el carro en el puesto que más nunca en la vida conseguiré -justo frente a la trattoria- resultó que el sitio en cuestión estaba cerrado. Ya en El Hatillo, a uno no le queda más opción que resolverse en las inmediaciones del mentado pueblo. Así fue como llegué a la Pequeña Suiza.

Al entrar, sentí que estaba llegando a la Colonia Tovar pero zombie. Nadie salió a atendernos. Al rato, una señora salió del baño y nos indicó que teníamos que subir las escaleras. El sitio se veía interesante, en particular la terraza, la cual estaba hasta las metras. Decidimos sentarnos en una mesa en el interior del local, cuando apareció de la nada el ser vivo -si es que eso está vivo- menos educado del planeta diciendo “no puede sentarse ahí”. Ante mi cara de asombro solo articuló “esa mesa es pa’ 6″.

Un poco confundidos, nos invitaron/mandaron a sentarnos en una mesa, obviamente, al lado del baño. Necia, como siempre, dije “yo ni de vaina me siento en esa mesa, vámonos”. Pronunciadas estas palabras, otro mesonero un poco más cordial, entró en pánico y nos invitó a sentarnos en un mesa un poco más agradable y accedimos. El primer error de una serie de errores.

El segundo error fue la elección de los platos. De entrada pedimos un tartar de salmón -nada más a nosotros se nos ocurre pedir un tartar de salmón aquí-. Cuando “aquello” llegó a la mesa tuve ganas de llorar, un corazón -literal- de queso crema envuelto en unas láminas de salmón con topping de champiñones. “¿de verdad? ¿topping de champiñones? El CDTM”

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Luego vino la guinda de la torta, el error que pagaré de por vida en el infierno, en vez de pedir fondue pedimos La Potance de lomito. Recordé tanto aquella vez que fui al Centro Uruguayo y pedí pollo. Uno no aprende.

El segundo plato fue una sucesión de infortunios que se desarrolló más o menos así: trajeron el plato equivocado, luego el correcto pero frío, luego el equivocado pero caliente. Nadie en el mundo pudo haber hecho este trabajo tan bien. ¿3 veces? ¿te equivocaste 3 veces? En el mundo no deberían existir sitios así, el impacto que tienen en la sociedad es FULMINANTE.

Terminé la “velada” poseída por el espíritu de Mickey Knox. Pagar fue como premiar aquel desastre. A decir verdad, debieron pagarnos a nosotros por las torturas a las que fuimos sometidos. 

Si tuviera que escoger la peor primera vez, esta, sin duda, se llevaría todos los galardones.

Errar es de humanos y del Hotel Ávila también

Siempre me ha parecido balurdísimo que la gente ante cualquier dificultad, metida de pata o penuria, trata de consolar al afligido con frases, proverbios o refranes como “el tiempo de Dios es perfecto”, “lo que es del cura va pa’ la iglesia”, “tiempo al tiempo”, “el tiempo lo cura todo” o simplemente “errar es de humanos”. El invento de la penicilina y estas frases definitivamente revolucionaron el mundo.

Sin embargo, y en defensa de estos mantras, en determinadas oportunidades su uso es lo más resumido y preciso que se puede decir, evitando así horas de largos discursos que, en definitiva, se traduce en un ahorro energético y de horas hombre importante. Es por ello que, para ahorrarles un poco de electricidad -si es que tienen en estos momentos-, tiempo, dinero -porque el tiempo es dinero- y un prematuro desprendimiento de córnea, solo diré que “errar es de restaurantes” y, en particular, del Hotel Ávila.

A pesar de haber escrito un post sobre un espectacular desayuno en el hotel en cuestión, es mi deber como ciudadana que no come sobras, usar en este artículo otro tipo de adjetivos distintos a espectacular. Algo como mediocre, vergonzoso o insalubre podría ser un “buen” comienzo para el escalofriante y trágico acontecimiento que a continuación procedo a relatar.

9:00 a.m, un buffet repleto de gente enratonada-hambrienta, ausencia de alimentos en algunos chefandish -chefendí o simplemente bandeja-. Yo no estaba enratonada pero, al igual que todas las almas presentes, también tenía hambre. La demanda de arepas superaba la oferta by far. Una cola -como cualquiera de las que acostumbramos a hacer para comprar leche o harina pan- se formó delante de la bandeja de arepas asadas. Minutos más tarde apareció un mesonero con el refill.

Sin abandonar la formación, esperé mi turno para agarrar la bendita arepa que completaría  lo que una vez fue un plato caliente. Llegado el momento, agarré las tres últimas mini arepas que quedaban y me dirigí a mi mesa. A mitad de desayuno, por allá por la segunda arepa, un temblor en el ojo izquierdo fue el primer síntoma de haber descubierto aquel error en la matriz.

- En este espacio debió aparecer la foto demostrativa que por el impacto y la jodedera no fue tomada -

Era una arepa plain como cualquier otra con la única diferencia de que su borde, en vez de ser relativamente uniforme y liso, tenía unas hendiduras muy similares a las que se hacen cuando alguien deja la huella de su mordida. Ajá, así mismo, era como la arepa milenaria que había pasado ya por otras manos y por otra boca, era el molde dental de algún x en la vida, era la arepa de otra persona.

La más sórdido de la historia es que la mordida no estaba fresca, la misma había sido sellada gracias al calor de una nueva horneada. Bueno, al menos se tomaron la molestia de no servir la arepa fría, ¿no?

En fin, como “lo que no mata engorda”, tuve la oportunidad de compartir esta experiencia eco friendly de reciclaje arepero con ustedes. ¿Volvería? Esto se responde de la siguiente manera: como “la necesidad tiene cara de hereje” es mejor apegarse a aquello de que “errar es de humanos”…

Carta de amor a un pescado bien cocido

No logro recordar cuando me empezó a gustar el pescado, creo que fue en el mismo momento en que me empezaron a gustar los garbanzos y los vegetales. Es más, es muy probable que todo haya comenzado en uno de esos arranques de dieta. Y tiene que haber sido así, porque a mi aquello de pedir pescado en un restaurante siempre me pareció nulísimo.

Aún hoy, a pesar de todo el amor que le tengo a estos vertebrados acuáticos, sigue siendo nulísimo -y hasta un evento de dramáticas consecuencias- pedir pescado en algunos lugares, aunque estos ostenten el título de marisquería, seafood o cualquier tipificación similar. En mi humilde opinión, cocinar bien un pescado requiere pericia, sensibilidad y hasta un cierto toque de glamour cacherosidad por parte del cocinero en cuestión.

Y es que hay comidas que, aunque sean preparadas con poco o escaso conocimiento de lo que se hace, es poco probable que se conviertan en pedazo de !#$* incomible (ej: pollo a la plancha, pizza,  parrilla, entre otros). Sin embargo, el pescado no cae dentro de esta safety zone. Un minuto más de cocción y tendrás una vulgar lata de atún Eveba en tu plato.

Dicho esto, se hace cada vez más claro el punto de que comer un buen pescado no es empresa fácil. Si a esto le sumamos el tedio de ir siempre al mismo sitio, entonces entramos en una suerte de Laberinto del Fauno. La meta ya no es simplemente comer un pescado que se respete, la meta es comer un pescado que se respete y en un sitio al que no hayas ido nunca, jamás, never, ever.

Y así arranca esta historia, la cual se desarrolla en el recóndito C.C. Cumbres de Curumo, restaurant Fishman -me disculpan la ignorancia, pero para mi este lugar era algo como Narnia-. 3:00 p.m, hambre con calidad de desesperación, obstinada de dar vueltas por todas Caracas -pude haber llegado a la Gran Sabana con el kilometraje recorrido-, llegamos al sitio en cuestión.

Nos sentamos en la parte interna del local, esa que tiene A/A y en la que los mesoneros no pueden esquivarte, en una mesa con complejo de caja 3D que simulaba una de esas playas de Mochima con arena blanco-transparente, conchas de mar y esqueletos de estrellas.

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Nos atendieron como en muchos locales de esta ciudad, sin ganas y sin tiempo. Nada bueno ni malo que recordar sobre el servicio, igual de mediocre que cualquier otro. Sin embargo, en este país, eso es casi casi un buen servicio. En fin, nos entregaron un menú bien estructurado, con ingredientes interesantes y nombres llamativos.

Para no perder la costumbre y con esa necesidad de probar mucho en poco tiempo, pedimos una fosforera y una ensalada crispy crunchy currucucú capresa -no recuerdo bien el nombre- con mozzarella empanizada en queso parmesano. Desde esa ensalada yo no soy la misma, ni peso lo mismo, ni creo que exista capresa semejante. En este punto es importante sincerarnos: cualquier alimento empanizado con queso parmesano tiene altísimas probabilidades de convertirse en un hit. Aquí no había aceite de trufa, ni azafrán, ni ingredientes fancy, pero sin duda alguna me comería esa “ensalada” una y mil veces.

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Concluido el primer acto, pasamos a un salmón en salsa de vino, miel y ajoporro sobre cama de arroz Nishiki (?? ni idea que esto existía) y un churrasco de dorado en leche de coco y curry con maní y arroz al vapor. Baja el telón, sube el telón: barriguita llena, corazón exageradamente contento. Increíble la perfección en la cocción de ambos pescados, el balance de los sabores y la frescura de los ingredientes.

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Es arriesgado recomendar sitios en esta ciudad, caracterizada por servicios que padecen de bipolaridad y depresión crónica, pero si el esmero en la preparación y la calidad de los ingredientes se mantiene, este es un restaurante que vale la pena visitar.

Cumpleaños + Colonia Tovar = profiterol relleno de Nutella

Cuando de cumpleaños se trata, la comida toma un papel protagónico y más si es el mío. Superados los veinte, los regalos se transforman en calorías y mientras más, mejor.

Uno se olvida de la dieta y de todos esos tabús alimenticios. ¿Colesterol? ¿Qué vaina es esa? Triglicéridos en ese momento puede ser un tipo de compuesto químico usado en la elaboración de bombas atómicas, pero nada que afecte la salud. En fin, uno se hace el “willy”.

Dicho esto y olvidados todos los conceptos nutricionales/fitness, me fui a la Colonia Tovar a comer al restaurant del Hotel Bergland.

Armada y peligrosa comí pretzels; ensalada con queso tentación, peras y almendras; plato alemán con tres tipos de salchichas y chuleta ahumada; y para cerrar el cumpleaños, con velita y todo, un profiterol relleno de Nutella, fresas y crema chantilly…

Feliz cumpleaños a mi y a mi estómago…

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Desayuno que se respeta incluye huevo, caraotas, carne mechada y arepas

Por cosas de la vida, del destino o por pura brujería, aterricé una mañana en el Hotel Ávila (específicamente en el restaurant). Obviamente, con hambre (as always).

Que buen plan… Tremendo desayuno de campeones, ideal para estíticos: carne mechada, caraotas con queso blanco, arepitas y perico -huevo revuelto-

Como muestra les dejo esta foto casi de postal.

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