
Actualmente, los términos fusión, ecléctico y gourmet son utilizados con frecuencia para describir las nuevas propuestas gastronómicas de la ciudad. A su vez, la lista de restaurantes de cocina mediterránea e internacional es cada vez más larga. Atrás quedaron los días de las tascas adornadas con piernas de jamón serrano. La decoración de los nuevos locales apunta a un estilo moderno y vanguardista, caracterizada por su simplicidad y sencillez.
Tampoco encaja dentro de estas nuevas tendencias, aquella sensación de complicidad con Javier, Antonio, Ulises o Vittorio –los mesoneros- y, en consecuencia, tampoco son entendidas frases como “tráeme lo de siempre”. Hoy en día, la elegancia se confunde con distancia, y la poca experiencia de muchos mesoneros nos hace añorar los tiempos de Javier, Antonio, Ulises y Vittorio –para los que tienen problemas de memoria a corto plazo, estos son los mesoneros-
Sin embargo, la innovación y creatividad presentes en la mayoría de estas propuestas, han abierto un abanico de posibilidades para aquellos que disfrutan el placer de comer. Los platos que combinan sabores dulces y salados se ponen de moda, y no me extrañaría llegar un día a Los Hermanos Riviera y comerme un pollo en brasa en “una espectacular salsa de chocolate” o “una deliciosa salsa espesa de papelón”.
Ahora bien, hay varias características de estos nuevos recintos gastronómicos que no termino de entender. Muchas veces, pensando en la gente que frecuenta estos sitios, me repito una y otra vez con cara de reproche “esta gente sabe algo que yo no sé”. En un intento por volver a conciliar el sueño, comencé a buscar en Internet los términos culinarios en boga, con la esperanza de comprender lo incomprensible.
Después de revisar diversas fuentes de información como libros, revistas, periódicos, folletos, videos, series de televisión, infografías, banco de imágenes, comprobantes de depósitos bancarios, servilletas abandonadas y rollos de papel toilette, lo cierto es que aún no consigo las palabras “pequeño”, ”reducido” o “escaso” en ninguna de las definiciones que encontré.
Todavía mi duda se mantiene intacta y he concluido que no hay tal cosa como “esa gente que sabe algo que yo no sé” sino tres grupos claramente definidos: “esa gente que tiene algo que yo no tengo: un estómago de dimensiones reducidas”, “esa gente que se las trata de tirar de exótica” y “esa gente que está a dieta”.
Si hay dos cosas que me caracterizan, esas son: el hoyo negro ubicado al final de mi estómago y la sinceridad al momento de comer. Por ende, si tuviera que ubicarme en uno de los tres grupos que mencioné en el párrafo anterior, éste sería el tercero –el de los locotes que hacen dieta-. Sin embargo, cuando voy a comer a un restaurante, la dieta se queda en casa descansando del trajín de la semana.
Libre del yugo de las restricciones alimenticias, la felicidad se desvanece en un santiamén, al darme cuenta de que he quedado despojada de cualquier atributo que me permita asistir a tan renombrados locales de comida. Por esta razón, las veces que he ido a este tipo de restaurantes ha sido gracias a mi disfraz “yo si soy exótica, ¿y qué?” –no tienen idea de lo convincente que puedo llegar a ser- y a la repetición del mantra sagrado “siempre habrá una arepa de pernil con reina pepeada que llene los espacios vacíos”.
Disfrazada y repitiendo el mantra, me fui al piso 5 del Centro Comercial El Tolón. La mezcla de aromas que invade cada rincón de este santuario gastronómico es deliciosa. Es por ello que les recomiendo conservar la calma, dar una vuelta de reconocimiento, observar con detenimiento la carta de cada uno de los restaurantes y después tomar una decisión. El hambre y la falta de determinación pueden sentarte en la mesa de un restaurante, que no sabes ni cómo se llama ni cuál es su especialidad.
Ese día dimos varias vueltas de reconocimiento, nos aprendimos al caletre el menú de todos los locales e hicimos versos con cada uno de sus nombres. Nos llamó la atención un local situado en la terraza, su nombre: Arisa. Luego de leer el gigantesco menú que tienen en la puerta decidimos entrar.
El sitio estaba atestado de gente, por lo que nos tocó sentamos temporalmente en la barra. El ambiente, la vista y una agradable Bossa Nova de fondo me permitieron perdonar la ausencia de una mesa y disfrutar de un Cosmopolitan. Después de un rato –de esos que se cuentan en fracciones de media hora-, nos pasaron a la mesa.
Bajo la escasa luz de una vela, revisé detenidamente el menú. Destacaban el ceviche y una variedad de risottos, pastas y ensaladas. La oferta también incluía fosforera, causa limeña, pollo en salsa de coco y una selección de carnes. Nuestra orden: un centro de lomito con espárragoS y unos ñoquis de plátano.
Mientras esperábamos, trajeron lo que en cualquier otro restaurante hace las veces de “pan”: una diminuta muestra de 3 grissinis (señoritas). Por un momento sentí que estaba en uno de esos kioskos que montan en los supermercados, con la finalidad de que pruebes el producto y después lo compres. Con ganas de decirle al mesonero “si me gustaron, puede traer el resto”, comencé a pensar en el futuro de mi centro de lomito.
De reojo vi al mesonero acercarse con dos platos de enormes proporciones. Aquella vista borró momentáneamente mis temores e hizo que olvidara la arepa de pernil y el mal concepto que me había formado de este tipo de restaurantes. Sin embargo, cuando el mesonero colocó los platos sobre la mesa, la imagen de la arepa cobró fuerza nuevamente. Mi cara seguramente delató una expresión de “tú me estás jodiendo”.
En el medio de aquella planicie de cerámica blanca, alfombrada con unas finas líneas de salsa “npi”, llegó mi centro de lomito. La literalidad del plato era asombrosa, mi centro de lomito era realmente eso: el centro de un lomito, es decir, tomaron el lomito, le quitaron el centro y eso fue lo que sirvieron. El boceto venía acompañado de un espárrago -nótese la ausencia de la S al final de la palabra espárrago-, que para dar la impresión de cantidad, estaba picado en dos. Se me olvidaba, el espárrago venía decorado con un palito de zanahoria –que lindo detalle-.
En cuanto al plato de ñoquis, el error estuvo en no haber incluido, como parte de la cubertería, una lupa. Kilómetros de área de plato rodeaban un total de 12 mini ñoquis. Aquello era una burla, me provocaba pararme y gritar hasta quedar afónica “yo no vine aquí a comer plato”. Sentí que al pagar la cuenta, no estaba pagando por la comida sino por el alquiler de los utensilios utilizados.
Después de esta experiencia, comer en un restaurante que presuma de ser gourmet, mediterráneo, internacional o fusión, me da pánico. Queridos dueños de restaurantes, chefs ejecutivos, jefes de cocina, sous-chef, cocineros, ayudantes, marmitones, socios y familiares: es cierto que disfrutamos de nuevos sabores y combinaciones, que las decoraciones de los platos son espectaculares, que ya no está de moda el plato “camionero style” y que la creatividad que los caracteriza nos ha permitido sentirnos en el cielo con un sólo bocado.
Sin embargo, me gustaría que tomaran en consideración otras cosas que son igualmente ciertas. Primero, la gente come porque, entre otras cosas, tiene hambre. Permítanle a su distinguido invitado llevarse un recuerdo que supere la barrera de las muelas –o plancha, si no tiene muelas-. Segundo, dado que se han empeñado en servir la comida, en una especie de versión “pasapalo style”, y ya que no existe un premio para el restaurante con el plato más grande, ahórrenle al cliente la sensación de que necesita lentes de aumento. Tercero, los felicito por el esfuerzo que ponen en la decoración de cada plato, pero nuevamente, no hagan que el comensal sienta que su comida sólo sirve para tomarle fotos. Y por último, busquen a Javier, Antonio, Ulises o Vittorio.
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